Ayer en la tarde estuve buscando recortes antiguos de periódicos en mi hemeroteca particular y al final di con lo que deseaba. Estaba como dormida en mi cerebro aquella noticia, pero con la edad uno no sabe si la soñó o la leyó en realidad.

Allá por la década de los sesenta del siglo pasado, corrió en ámbitos eclesiásticos, el rumor y algunas pequeñas notas de prensa de los periódicos del nacionalcatolicismo, de que había sido descubierto un gran complot contra la iglesia católica, que se atribuía al comunismo internacional y a la masonería. como aquello nos hacía sonreir por lo infantil que era y por la obsesión del régimen franquista con los masone y el comunismo, pues lo olvidamos completamente, hasta ahora que han salido a la palestra. los casos de pederastias y a uno le ha refrescado la memoria.

Siempre hemos condenado los hechos y los hemos divulgado en este blog, porque nos parecen delincuentes los que así obran.

El rema consistía en infiltrar en los seminarios a homosexuales que a la vuelta de los años no sólo corromperían la moralidad del clero, sino que se iban a convertir en una bomba explosiva de escándalos que harían perder credibilidad en la opinión de los creyentes frente a los sacerdotes. La idea, se decía, era que esa conducta perversa y pervertida debería llegar hasta las jerarquías y hasta el Vaticano mismo. Una bomba de tiempo.

Un golpe certero a largo plazo contra el clero, como bastión de la moralidad católica.

Nunca pude corroborar la autenticidad de tal rumor, ni de la noticia en los periódicos, ni volví a tener noticia de él. Pero -sin ánimo de aprovechar el dato para justificar lo indefensible o minimizar la gravedad de la situación- desde que empezaron a conocerse los escándalos por los abusos sexuales de algunos sacerdotes en varias diócesis del mundo, me ha parecido oír el estallido en cadena de esa bomba. Ha sido grande el daño a la Iglesia institucional e irreparable el mal entre creyentes y no creyentes.

Ahora el Papa Benedicto XVI, con la carta a los sacerdotes irlandeses, ha puesto el dedo en la llaga y espera cortar por lo sano las causas de estas repudiables conductas, condenar y someter a la justicia, eclesial y civil, a quienes han delinquido en este campo, corregir rumbos y curar heridas. Difícil tarea, en la que se necesitará audacia para cambiar muchas cosas, tanto del Derecho Canónico como de la tradición clerical, y mano dura para templar riendas sueltas.

Habría que poner en marcha ciertas soluciones:

-Primero, por parte de la institución eclesial, evitar defensas apologéticas: que apenas es un mínimo porcentaje del clero involucrado en el escándalo; que son fariseos los que se han escandalizado; que es una campaña contra el catolicismo. Por supuesto que habrá muchos de los tradicionales y furibundos detractores del clero y de la Iglesia Católica que aprovecharán, servida en bandeja de plata, la ocasión para denigrar. Pero no se puede tapar el sol con las manos. Y algunos obispos -hay que ser francos-, frente a la situación que ahora se ha roto como un cristal, han sido débiles, condescendientes, ocultadores. Por lo que sea: porque creían, en contra de la experiencia, que esas conductas homosexuales, traducidas en actos carnales repudiables, podrían cambiar con el tiempo; porque necesitaban, como fuera, vocaciones y sacerdotes para atender a los feligreses; porque, de pronto, confundían la bondad del pastor y la comprensión hacia el pecador con un dejar pasar que acababa generando complicidad.

-... Esa trashumancia de sacerdotes de diócesis a diócesis, o de parroquia en parroquia, trasladando problemas insolubles, esa falta de "episcopeo", esa falta de pastoreo, ese recibir seminaristas echados de otros seminarios por sus tendencias homosexuales com otros compañeros y afeminamientos descarados, ha acabado creando situaciones explosivas y escandalosas. Este Gallo ha podido comprobar casos muy "extraños" e imposibles de aceptar para que fuesen sacerdotes, y no por ser homosexuales, sino por sus conductas, con respecto al sexo en una institución cerrada como lo es un Seminario.
Yo creo desde mi experiencia de laico comprometido, que además de unas decisiones canónicas y disciplinarias de choque, habrá que replantear a fondo la formación seminarística, la metodología de reclutamiento vocacional, sobre todo,  el discernimiento de los aspirantes al sacerdocio o a la vida religiosa. La cultura ha cambiado, el mundo ha cambiado, hay fenómenos que deben exigir también un cambio histórico en la concepción misma, teológica y disciplinaria, del sacerdocio ministerial. Seguimos metiendo vino viejo en odres nuevos, que acaban reventándose.