El gobierno central de la Iglesia Católica está situado en el Vaticano, pero siempre hace una política férrea para asegurar su unidad.

Si lo pensamos no es fácil precisas el proyecto político que tiene el Estado Vaticano, porque es un proyecto complejo y extremadamente sigiloso, pero podemos hacer un esbozo y perfilar algunas líneas de esa política tanto para la Iglesia en general, como sobre todo para algunos países y continentes en concreto.

Pretende la Iglesia establecer un solo centro de poder religioso, desde el que se elabora una única visión doctrinal, litúrgica, moral y canónica, aun  para aquellos lugares y paises donde existen culturas muy distintas, no es lo mismo el catolicimos africano que el americano o el europeo.

Pero ese modelo se consolidó a partir del Concilio de Trento y que tiene dos actores principales: los obispos y los sacerdotes, y como figura central el Papa. La curia es representante del Papa y a todos los efectos actúa como si fuera el mismo Papa. Esa curia vaticana impone autoridad y exige obediencia ciega, siendo una autoridad tan sacralizada que se hace invulnerable a todo crítica e intento de resistencia.

En ese modelo es, pues, la división: un clero que sabe, domina y decide y un laicado pasivo que solo obedece, aunque esto gracias a Dios va desapareciendo poco a poco y un cura en una localidad cualquiera sabe que ya no es una autoridad, puede que de puertas adentro de su parroquia si, pero en la calle en muchos lugares y foros no son bien venidos y llevan esa actitud, aun siendo estos foros cristianos.

Otra línea política es la de la inculturización, la cual asegura que la fe cristiana debe ser asimilada por las demas culturas, a partir de sus matrices propias. No existe, en un principio, sólo el catolicismo romano (fruto del encuentro de la cultura biblico-jadaica, griega, romana y germánica), sino también el catolicismo popular (latinoamericano, africano, asiático, europe y otros). La inculturización desplaza la centralidad del poder sagrado vaticanista, en favor de la vida y del testimonio del Evangelio.

En este modelo ganan mucho valor las iglesias locales, abiertas a otras expresiones culturales de la fe entienden la función del Papa como instancias animadoras  del Evangelio.

Por eso el Concilio Vaticano II recogió en sus textos algo que venía fraguandose desde los años 50 del siglo XX: apertura a la modernidad, a los valores humanos, al ecumenismo, a las cuestiones de la justicia a nivel internacional. Esto dío origen a un fructuoso diálogo de la fe con la vida, del Evangelioi con la Justicia, fortaleció la colegialidad espiscopal y de todo el pueblo de Dios, en América Latina propició el surgimiento de una pastoral articulada a nivel continental contemplada en los documentos de Medellín (1969) t Pueblo (1979) y la reflexión connatural que la acompaña, que es la Teología de la Liberación.

Bien, pues por todo eso los tradicionalistas, los intransigentes, se están batiendo todo el cobre, aun a sabiendas de que la Iglesia tendrá un retroceso y que muchas personas la abandonaran.

El futuro a medio plazo de la Iglesia es: Muchos monumentos para visitar, mucho patrimonio, pero alejada de la espiritualidad del Pueblo de Dios y del Espíritu Santo, por lo tanto muchas menos pesonas que se planteen una vocación seria y comprometida.