En tiempos de Jesús y posteriores siglos hasta el IV, a ningún dirgente de comunidad se le ocurría revestirse para celebrar la Eucaristía en recuerdo del Resucitado, era algo impensable, pero surgió el tal Alejandro y comenzó un baile de ropajes que ha llegado hasta nuestros días.
Bien es verdad que el Concilio Vaticano II, moderó de alguna forma el vestido talar, sustituyendo aquellas largas capas de los cardenales mucho más normales y acordes con los tiempos que corrían en el siglo XX, pero realmente no gustó a cierto sector de la Iglesia, nostálgicos, que se creían despojados de sus dignidades y de la admiración de los demás y en su interior refunfuñaban porque el mundo los miraba con menos respeto y admiración, así que en el presente siglo XXI, han surgido de nuevo: Los báculos elaborados con metales nobles, (oro y plata) los pectorales con ricas joyas y sobre todo la vestimenta de las altas dignidades eclesiásticas como las que vemos aquí.
Hasta con la vestimenta se han apartado del Evangelio, ya ni siquiera lo sienten, aunque solo sea por respeto a la propia humildad de Jesús, pero la humildad evangélica está muy alejada de estos hombres que como pavos bien pertrechados se sientan en tronos y andan por palacios y ricas alfombras con sus chapines rojos para no lastimar sus piés...nada que comparar con aquellas sandalias con las que iban los apóstoles y el mismo Jesús a los que dicen representar...ya ni siquiera los imitan.
¿Para esto murió un hombre?

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