Cuando andábamos por barrios marginales, en invierno, cuando volvíamos a nuestras casas y había galerna en el mar, algunas veces nos dejaban salir a ver las olas que chocaban contra el malecón que defendía el puerto. Eran terribles. Algunas de ellas llegaban con su espuma hasta lo alto del faro, de nuestro miedo.... que estaba plantado sobre un promontorio enorme (eso nos parecía) que sobresalía del mar como un inmenso barco...la parroquia allá en la lejanía. Al chocar contra la orilla, las olas producían un estruendo horrendo. No era seguro estar cerca ¿verdad Rafael ?. No sería la primera vez que un golpe de "mal" se había llevado a alguien.
De vez en cuando la tormenta era tan fuerte que el malecón, hecho a base de bloques enormes de hormigón, quedaba roto. La fuerza del agua era capaz de reducir a pequeñas piedras aquellos bloques de muchas toneladas de peso. Pero el peñón enorme sobre el que estaba edificado el faro, a pesar de los pocos años y de la fuerza de las olas, a pesar de la erosión que mostraba en su base, permanecía inamovible. Aquellas noches en aquel Poligono ....aquellos avatares difíciles de sortear, aunque siempre había un alma caritativa que decía. "no pases por ahí"....y teníamos que pensar si era cierto o no...teníamos que dudar como los amigos de Jesús en aquella barca.....y rezábamos en silencio para saltar de un bloque a otro, aquellos corredores oscuros.....silenciosos.....pero al llegar al reducto de aquel porche en aquel local provisional, con su amarillenta bombilla...nos aferrábamos como naufragos. ¿Maestro te da igual que perezcamos?...Una vez allí todo quedaba en calma ¿quien es este que hasta el "mal" le obedece?
Texto del Evangelio (Mc 4,35-41): Un día, al atardecer, Jesús dijo a los discípulos: «Pasemos a la otra orilla». Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con Él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!». El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?». Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?».

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