No soy el único que lo pienso. Pero es que tengo el malestar de muchos que aman a la Iglesia y sufren por verla así, tan poderosa, tan en posesión de la verdad más absoluta, con esos obispos tan prepotentes, tan soberbios.

Nos sentimos muchos católicos muy tristes por el rechazo que se genera fuera de la Iglesia.

El pontificado de Juan Pablo II, no fue tan bueno como nos quieren hacer creer...tal vez debería, la jerarquía, haber escuchado las palabras de  Helder Camara (el obispo brasileño de los pobres), 

"Ya basta', (dijo Camara), 'de obispos-príncipes que permanecen lejos del pueblo. Ya basta de una Iglesia que quiere ser servida, que exige ser siempre la primera, que no tiene la humildad y el realismo de aceptar las condiciones del pluralismo religioso. ¿Cuándo nosotros obispos tendremos la humildad y la inteligencia de aprender de los laicos, y especialmente de los periodistas, la manera de hablar e interesar, de hablar y ser comprendidos?".

La Iglesia está demasiado sometida a los vaivenes mediáticos, siempre identificada con su rostro institucional, sobre todo cuando éste parece tan distante. La Iglesia debe madre, antes que maestra. En lugar de eso, veo una iglesia padre, autoritaria, demasiado concentrada en los principios para escuchar, demasiado ocupada en demostrar  sus fastos, sus olores de multitudes y de recibir honores.

El papa Ratzinger da la imagen de ser despistado en sus declaraciones, no anticipa o no prevé las consecuencias de ciertas afirmaciones. 

Entiendo que muchos, diga lo que diga el Papa, es "Palabra de Dios"..pero a Dios, los hombres de la Iglesia,  lo tienen que dejar que baje a la tierra para convivir con el hombre de hoy.

No puede seguir la Iglesia tal como está, volviendo constatemente la cabeza hacia atrás, pensando en el Magisterio, en la Tradición y en el Cánon, porque de esa forma no deja que el Espíritu vuele con libertad.

La humildad sobre todo es lo que echamos mucho en falta muchisimos cristianos.