En el siglo XXI la sociedad del mundo occidental no ha resuelto aún el añejo problema planteado por la filosofía y la teología: ¿quiénes deben ejercer el gobierno? Para Platón, nos recuerda José María Garrido Luceño, ilustre filófoso, la auténtica política sólo podría venir de aquellos hombres entregados a la búsqueda sistemática de la verdad , elevados al rango de responsables supremos de su comunidad; el gobierno de la aristocracia en su sentido semántico original: el gobierno de los mejores.

 La perfección del gobierno concebido por Platón, con un orden político imperfecto ejercido por personajes igualmente imperfectos; que en esencia es lo que San Agustín asienta cuando expresaba que el orden político era un mal necesario producto del pecado original, de la mala levadura con que está hecho el ser humano..., vale que los españoles nos preguntemos ¿qué hubiese sucedido si en 2004 se le hubiese permitido acceder a la Presidencia a una persona cristiana con la cabeza bien amueblada? La imperfecta democracia no está en manos de los mejores hombres como lo proponía Platón, se sustenta en el frágil equilibrio de poderes concebido por la Ilustración en el Siglo de las Luces, que ha sido ejercido como sentenció San Agustín, por hombres imperfectos, agrupados en partidos políticos también imperfectos que ha producido un orden político asimismo imperfecto..., ¿cómo podemos los españoles acceder  a una democracia menos imperfecta? Aparentemente la meta que la teoría política pone en lontananza es la de una democracia más liberal, caracterizada por un control efectivo de un Estado liberal; en manos de funcionarios electos y no por el ejército o por un orden externo; elecciones auténticas; expresión afectiva de las preferencias políticas de las minorías; libertad para que los ciudadanos y grupos puedan expresar su opinión, reunirse y formular peticiones; multiplicidad de fuentes de información política para todos y una prensa libre y sin partidismos.

En este último elemento, entre los factores para acceder a una auténtica democracia liberal expresada en un liberalismo evolucionado, verdaderamente de nuestro siglo, estaría inserto el juego político de un periodismo también liberal que alentara "la presencia de una sociedad civil, permitiendo la manifestación de los intereses del ciudadano, vía las asociaciones independientes de los partidos políticos.