Hoy en día la Iglesia en general se queja de que no hay vocaciones, que hay muchas diócesis que ni siquiera tienen un seminarista y tendríamos que volver a la historia que nos enseña que durante bastantes siglos no existió problema alguno de "vocaciones" en la Iglesia. Y no existió por la sencilla razón de que en aquellos siglos el acceso al ministerio (episcopal o presbíteral), no era, ni sólo ni principalmente, asunto de la decisión del individuo, sino que, antes que eso, era algo que dependía de la decisión de la comunidad. Ante todo era la comunidad la que designaba, a pesar del sujeto o incluso sin consultar al sujeto, a uno de sus miembros, para ser consagrado su obispo o presbítero. Este punto se puede comprobar con una documentación abundantísima.

Es más, sabemos que se reconocían a la comunidad, no sólo el derecho de elegir a sus ministros, sino el derecho de quitarlos, que es lo más importante, si estos no se comportaban de acuerdo con la misión encomendada.

San Cirpiano tuvo que resolver un problema en el Concilio de Cartago, y que habían planteado los fieles de tres diñocesis españolas: León, Astorga y Mérida. En estas iglesias los obispos habían flaqueado, no habñian confesado su fe y en tales circunstancias las comunidades los habían depuesto de sus cargos...y todo ello por las decisiones tomadas en el siglo III:

1) Es de origen divino el elegir la comunidad a sus ministros en presencia del pueblo, a la vista de todos, porque Dios manda que ante la asamblea se elija al obispo.

2) Por ello el pueblo, la comunidad, debe apartarse de un obispo pecador y no mezclarse en el sacrificio de un obispo sacrílego, por eso tiene el poder de elegir obispos dignos y rechazar a los indignos.

3) No puede anularse la elección verificada con todo derecho ni incluso por Roma, aunque no sea del gusto del obispo romano.

¿Se parece en algo todo esto en nuestro siglo XXI?