Todos los hombres han sido convocados por el Señor, Jesús, a la construcción del Reino universal de la justicia, del amor y de la paz. Los creyentes en Él -la Iglesia- han de ser el anticipo de dicho Reino, organizándose en comunidades fraternales, y también la promotora oficial del mismo; ‘oficial', pero no única, pues el Espíritu Santo no pone fronteras a su acción. Por exigencia de estas fidelidades, la Iglesia no puede ser una casa sin puertas, un túnel que se traga todo lo que llegue.
En sus tres primeros siglos, siglos de fidelidad, el bautismo o puerta de entrada exigía una previa conversión a los valores del Evangelio. Había un serio ‘escrutinio' del aspirante o neófito que tenía que decidirse seriamente a gobernar su vida por las exigencias del amor y cambiar sus actitudes paganas por las actitudes evangélicas (Hombre Nuevo); si no era ésta su disposición, no se le admitía al bautismo; incluso se le exigía, además, un tiempo prudencial de comportamiento evangélico que ofreciera alguna garantía de futuro cristiano. Esto nunca podía asegurar que el bautizado no volvería a pecar; la debilidad humana no quedaba curada; pero estaba en el camino verdadero; era fácil arrepentirse y seguir la marcha por el Camino elegido, Cristo. Como dice Santo Tomás de Aquino: El que va por el buen camino, aunque vaya cojeando, llega al destino verdadero; pero el que va por otro camino, no llega nunca.
Hace siglos que se desmontó la puerta y se entra en la Iglesia sin ninguna exigencia de conversión y sin que nadie garantice la futura conversión del bautizado. Consecuencia: La Iglesia ya no es sacramento-anticipo del Reino ni promotora del mismo y se ha visto obligada a pedir perdón por tantas veces como ha sido anti-Reino. Honestamente ¿se puede seguir con este régimen indiscriminado de administración bautismal? ¿Podemos tranquilizar la conciencia con algún remiendito ineficaz? Es necesario volver a la exigencia original. A ningún aspirante se le puede negar la entrada. Pero nadie que carezca de las disposiciones debidas puede exigir ser admitido. Si no se viene con ‘el traje de boda', no hay lugar para él.
Hoy hay instituciones dentro de la Iglesia que han resucitado el sistema de ‘exigencia' de conversión. Es un paso digno de todo encomio. Aunque hay que poner un exquisito cuidado para que el baremo de exigencias explícitas e ‘implícitas' sea puramente evangélico. Siempre hay un peligro de imponer el ‘pensamiento único' a gusto de los responsables. El pensamiento único es pseudoevangélico; con él el Reino queda suplantado por la Institución. Y ésta empieza a heder a secta. Restringir la libertad de los hijos de Dios es deshonesto, antievangélico y anti-Reino. El Evangelio y el Espíritu que lo ilumina son una mina riquísima de aplicaciones ilimitadas en amplitud y en variedad. Cultivar, sí, la identidad evangélica de las actitudes de cada miembro y respetar la libertad de cada uno para proyectarse en la vida. Es sospechosa la impresión de ‘pensamiento único' que transmiten estas instituciones. Aunque con ello copien los lamentables modos administrativos de nuestra Iglesia actual.
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Vinicius
9 ene 2009 | 12:40 PM
El sistema de comunidad cristiana fraternal falló, entre otras cosas, porque es muy fácil dar el pego al resto de la comunidad cumpliendo externa y piadosamente las costumbres impuestas por la comunidad, porque los humanos no tenemos la capacidad de leer el corazón de los humanos y juzgamos exclusivamente por los signos externos.
Para evitar esto se impuso, supongo, la burocracia; y ya, conseguido el registro, por las ventajas que pudiese tener a nivel social, uno estaba libre de hacer de su capa un sayo, pero gozando de ser de la comunidad, más si el rey o emperador se había convertido.
Vinicius
9 ene 2009 | 12:53 PM
Únicamente veo una forma de volver a formar tales comunidades de nuevo, con los valores que atesoraban en principio de amor fraternal y sería, que el cristianismo fuese de nuevo perseguido, que fuese repudiado a nivel social, porque entonces sólo quedarían los auténticos cristianos de corazón, los que son capaces de sentir verdadero amor por el hermano, los casi santos, porque el resto huiríamos como comadrejas.
Con esta fe que tenemos la mayoría de actos sociales, cuando fuese perseguido ir a misa, o cualquier otro acto cristiano, lo cambiaríamos rápidamente por algo más placentero y menos comprometido para nuestra salud.