La concepción que la primitiva Iglesia Cristiana tenía de sí misma, fue ampliamente ratificada durante los siglos siguientes. Así en el Concilio de Caldedonia en el año 451, su canon 6 era taxativo al estipular que "nadie puede ser ordenado de manera absoluta ni sacerdote ni diácono, si no se le ha asignado claramente una comunidad local. Esto significa que cada comunidad cristiana elegía a uno de sus miembros para ajercer como pastor y sólo entonces podía ser ratificado oficialmente mediante la ordenación e imposición de manos; lo contrario, que un sacerdote les viniese impuesto desde el poder institucional como mediador sacro, era absolutamente herético, cosa que debería ser aplicado a las fábricas de curas que son los seminarios.
En los primeros siglos del cristianismo, la eucaristía, podía ser presidida por cualquier varón y por supuesto por mujeres, pero, progresivamente a partir del siglo V, la costumbre fue cediendo la presidencia de la misa a un ministro profesional, de modo que el ministerio sacerdotal empezó a crecer sobre la estructura socio-administrativa que se llama a sí misma sucesora de los apóstoles, pero que no se basa en la apostolicidad evangélica, y mucho menos en la que propone el texto joánico, en lugar de hacerse a partir de la eucaristía (sacramento religioso).

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