Hay una experiencia muy extendida de que los malos triunfan casi siempre y los buenos se encuentran más indefensos o con menos medios para hacer triunfar el bien sobre el mal. De momento, y a la corta, hay que admitir que el mal triunfa más a menudo que el bien. Lean la explicación ofrecida por Eliphas Levi: “Si hasta el presente, en el mundo, los malos han parecido más fuertes que los buenos, es porque los malos saben hacer el mal y los buenos no saben hacer el bien”. Y concluye con mucha agudeza: “Los malos observan y obran, mientras que los buenos se contentan con creer y con rogar. Son víctimas que se toman por mártires”.
¿Cómo podrá sobreponerse el bueno al malo, si dentro del primero hay también un tanto por ciento alto que coincide con las actitudes negativas del segundo? ¿Cómo podrá vencer el bien al mal, si el bien que intentamos está tan enturbiado que a menudo se confunde en ambas fronteras con el mal que queremos combatir?
El hombre siempre tendrá maldades o, al menos, debilidades; y esto le debilita frente al mal. Pero sí puede acentuar el bien que porta a tal grado de intensidad que lo haga impactante y convincente a la corta o, más a menudo, a la larga. Porque la victoria del bien no ha de hacerse venciendo, sino convenciendo; no ha de hacerse imponiéndose a la fuerza, sino convirtiendo al otro hacia el bien.
El máximo ideal del bien lo propone el evangelio. Hubo una época larga de tres siglos en que el testimonio impactante de amor de aquellos cristianos consiguieron ‘derrotar’ al poderoso Imperio Romano, convirtiéndolo a la misma causa cristiana. Y esto que se logró una vez a nivel social, se sigue repitiendo a nivel individual a lo largo y ancho del mundo cristiano todos los días, porque en medio de tanto bautizado no convertido, hay cristianos que lo son de verdad.
La ‘conquista’ a nivel social no se ha vuelto a conseguir, porque la mayoría de los bautizados no vivimos como auténticos cristianos, como los hombres nuevos del amor ilimitado y universal y nos guiamos por las mismas actitudes negativas del resto de los mortales. Los ‘buenos’ no sabemos hacer el bien, porque no somos ‘suficientemente buenos’. Si me permites una alegoría sexual, diría que la mayor parte de los ‘buenos’ no tenemos un sexo definido.
Si la Iglesia hubiera mantenido la exigencia de conversión al evangelio para ser admitido en ella a través del bautismo, hoy el mundo sería algo muy distinto del actual; pero la’ dulzura’ del triunfo y de los privilegios constantinianos relajó sus muelles y ‘ensanchó’ sus puertas hasta la más absoluta ausencia de exigencia y de control.
El Papa hace un año aproximadamente ha clamado por la urgencia de una nueva evangelización sobre los bautizados. Pero es un clamor estéril, porque, al parecer, todavía no se está dispuesto a colocar la veleta en la dirección correcta, todo queda en palabras y más palabras...pero le giro que la Iglesia debe dar no lo da ni aunque lo diga un Papa, es más le puede costar un bue disgusto al Papa en el momento que lo diga delante de la curia vaticana...aun resuenan en los documentos las palabras de aquel Papa bueno, Juan XXIII, que delante de unos cuantos periodistas y de los principales cardenales del Vaticano, sacó un "papelito" del bolsillo y dijo:
"Nos anunciamos un Concilio que abra las ventanas y le de un aire nuevo a la Iglesia".
Posteriormente han procurado tapar esas palabras con acciones todas encaminadas a terminar con el Concilio Vaticano II.


Los malos nos hacemos notar más, siempre solemos actuar rayando el escándalo, o con nocturnidad y alevosía.
El bueno por contra, en su humildad, ni su mano dcha. se enterará de lo que hace la izda, o viceversa.
En estas condiciones de actuación ¿qué es lo que se ve más?, y ¿por qué valoramos los humanos casi siempre? Por los signos externos y por el eco; incluso con el "me han dicho", sin contrastar nos sirve.
No sabemos leer el corazón de otro ser humano.
Y al Eliphas Leví, a la papelera!, lo siento
Los buenos, no es que no sepan hacer el bien bien, es que deben ser tan pocos que no da para tanto bien como se necesitaría para contrarrestar el mal de los malos, que somos muchos y mu malos.
Como podrás comprobar, para mí es sumamente fácil ponerme en el bando de los malos, como en el de los buenos; sólo depende del momento; hasta ahora creo va ganando el bando de los buenos pero, muy en el fondo fondo, sé que no soy muy de fiar la mayoría de las veces.
Pero, como dices que no hay infierno, pues que más dá ¿no?.
Seguiré siendo malo malísimo, porque me salvaré igual, según tú.