A punto de entrar a forma parte del Nuevo Testamento la Carta de Bernabé (escrita hacia el año 130 e. c.), anónima pero atribuida al compañero del apostol Pablo, mantenía que el Antiguo Testamento era un libro cristiano y que los judios al haberlo interpretado al pie de la letra habían profesado siempre una falsa religión. Según ésto las leyes a propósito de ritos, practicas rituales e instituciones fueron concebidas para ser interpretadas figurativamente, en tanto que apuntan a la salvación que Cristo traería a este mundo. Para el autor una vez que Moisés rompió las tablas de la alianza que le había entregado Dios en el Monte Sinaí ésta nunca se restauró hasta la llegada de Jesús y la formación de su nuevo pueblo, sus seguidores. Naturalmente Bernabé conocía el verdadero sentido oculto en las palabras del Antiguo Testamento.
¿Honrar el sábado o un fecha del fin del mundo?
Nada que ver con descansar en sábado. Dios se refiere a su propia creación a la que dedicó 6 dias de trabajo y al séptimo descanso. Pero para el “Señor un días es como mil años y, mil años, como un día” (2 Pedro 3:8; cf. Salmos 90:4). El mundo durará esos 6000 años en los que Dios estará involucrado activamente, seguirá un “septimo día” en el que acabará con el pecado y traerá la paz a la tierra una vez por todas. Ésta es la primera ocasión en que un autor cristiano sañala que el mundo durará seis mil años.
¿Circuncisión o un mensaje en clave sobre la llegada de Jesús?
Para esta nueva interpretación Bernabé remite al que considera el primer relato de circuncisión que aparece en la Biblia, en el que Abraham lleva a sus 318 sirvientes al desierto para rescatar a su sobrino Lot (Génesis, 14). Antes de entrar en batalla, Abraham hace que estos 318 hombres de su casa sean circuncidados. Bernabé con ayuda del número 318 y la gematría (interpretar las palabras a la luz de su valor numérico) explica que se esconde detrás de esa historia. En griego 318 se representa por las letras tau, iota y eta (T I H). La letra tau (T) señalaba la forma de la cruz y la iota y eta (I H) constituyen las dos primeras letras del nombre “Jesus” (IHSOUS en griego). La verdadera circuncisión no es entonces el cortar la piel del prepucio. Es la cruz de Jesús. Es la fidelidad a la cruz lo que hace a una persona miembro del pueblo de Dios.
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