Pero...esto de perdir perdón por los pederastas ¿de quien es la culpa?
Frecuentemente surgen nuevos casos de quebrantamientos de la moral sexual en el clero. No se privan de nada: Seducción de menores de ambos sexos, abuso de religiosas misioneras en países de misión, compañeras secretas, compañeros homosexuales, amistades adúlteras, satisfacciones personales de todo tipo. Se conocen muchos casos, pero probablemente son más los casos desconocidos, aunque yo diría algo más: si son abusos a menores...estos son delincuentes y hay que castigarlos, por ello Benedicto XVI ha pedido perdón y ha celebrado con los agraviados una eucaristía.
¿Quién tiene la culpa principal?
Dios, creador del hombre y de la mujer, conocía perfectamente la fuerza de estas pasiones en ambos sexos y la enorme dificultad de dominarlas. Él es el que tiene la medida exacta. Y Jesús no impuso el celibato obligatorio a sus apóstoles. Pero viene la Iglesia y por razones ajenas al problema impone el celibato obligatorio a sus sacerdotes.
La Iglesia que no admite que la mujer sea sacerdote porque Jesús no consagró sacerdote a ninguna mujer, tampoco a ningún hombre, que sepamos (fiel a la voluntad de Jesús, cuya realidad se puede discutir), se olvida de la fidelidad a la voluntad de Jesús sobre el celibato voluntario y traiciona la voluntad de Jesús y lo impone obligatorio.
¿Nunca ha pensado la Iglesia en la tragedia espiritual de tantos sacerdotes que tienen que celebrar diariamente la Santa Misa con conciencia de tener uno o varios pecados mortales?
Esta Madre ‘amorosa’ cierra los ojos ante estos sufrimientos diarios a lo largo de una vida, cuya culpa principalmente procede de ella misma por esta imposición, que me atrevería a llamar injusta.
Ya sabemos que hay muchos que son fieles al celibato, porque han recibido ese don. Pero sería curioso saber si son más o son menos los que claudican. Quizá no son tantos los que tienen este don, como avisaba Jesús. Y si no tienen este don, ¿con qué derecho se les impone una obligación que no pueden cumplir?
Según la providencia de Jesús, puede suceder que conceda a muchos la vocación sacerdotal, sin haberles dado el don de la continencia, para atender todas las necesidades espirituales de los creyentes.
Si dejar morir de hambre a millones de seres humanos es un enorme pecado de injusticia, también lo es en la Iglesia desatender a millones de cristianos, que no pueden satisfacer sus necesidades espirituales, si hubiese hombres casados sacerdotes y mujeres sacerdotisas, tal vez se pàliaria algo la sequía en la que nos encontramos.




