El cristiano no cree que esté dentro de las posibilidades históricas ni de voluntad del hombre la gestación de un mundo totalmente reconciliado y justo.

Las opresiones no son solo exteriores, tienen raices profundas en el corazón.

Todos tenemos la experiencia de que por nosotros mismos no conseguimos liberarnos; es preciso que alguien libere nuestra libertad cautiva para que, libre, pueda realizar su obra que es el amor y la justa relación con las personas.

La experiencia nos enseña también que la realización de la justicia es poca y débil, aunque sin su busca permanente la vida humana se volvería imposible e indigna.

Por otra parte, sólo con la justicia no se conserva la paz; debe haber una gratuidad y una donación que trascienda los imperativos del deber. se necesita amor y capacidad de perdón, que va más allá d elos límites de la justicia.

Sin embargo no estamos tan perdidos que por nosotros mismos no podamos esperar nada y haya que esperarlo todo de Dios.

Hay en todos fuerzas capaces de atender a las interpelaciones de la realidad, que reclama una relación justa, honesta y amorosa. Pero lo que se construye es siempre frágil y puede caer...Permanecen también a una situación de caida el fracaso, la resignación, la incredulidad y la desesperación.

¡Hay que gritar las injusticias y hay que actuar!....no nos podemos quedar con los brazos cruzados...hay que liberar a los demás y liberarnos nosotros...y si es necesaria una nueva revolución no cruenta hay que ponerla en marcha ya para desbancar a los poderes de este mundo, tanto políticos como eclesiales si no se comportan como es el ejemplo del Evangelio.