De mi paso por algunas comunidades y grupos cristianos cuento con innumerables recuerdos y experiencias que he vivido con intensidad desde mi mas temprana edad. Esto me ha formado y configurado mi pensamiento actual, así como mi preparación teológica y bíblica.

Participar en puestos de cierta relevancia en mi diócesis me ha dado una visíón para detectar las graves incoherencias con la que se enseña el Evangelio, tanto en las formas como en las ideas.

He realizado trabajos sobre una lucha que mantengo por la dignidad de la persona, dentro de la Iglesia y fuera.

También he tenido la oportunidad de conocer y sufrir la estructura eclesial y sus formas enfermizas de comportarse y organizarse, los abusos de poder, manipulaciones y otras situaciones bastantes desafortunadas de personas que creen tener la verdad sobre todas las verdades, pero que en el fondo no creen ni en la propia verdad.

Tengo la convicción de que fuera de la Iglesia no sólo no está el negro abismo del que algunos hablan con demasiada soltura, sino que las creencias inspiradas en Jesús de Nazaret y los espacios de vivencias evangélicas tienen muchas mas posibilidades de crecer en cualquier sitio que dentro de la Institución y pueden crecer en abundancia, mucho más libres de la contaminación eclesial.

He conocido la generosidad, la entrega, el servicio, el amor de personas hacia otros hermanos, enfermos terminales y "degenerados" como algún eclesiástico nos ha dicho: "no vale la pena luchar por ellos son unos pervertidos"....y si creemos que valen la pena porque así se habría entregado Jesús a ellos...sin pensar en los buenos puestos en la cumbre eclesial.

Pero la Iglesia no es más que el fiel reflejo de la sociedad de hoy ¿qué le podemos pedir?