La palabra "profecía" es un término bíblico que califica el tipo de lenguaje que encontramos siempre que se trata del tiempo, bien tomado en general, bien formado en ciertos periodos particulares. La profecía no es predicción: también es interpretación, en el modo de la explicación (hacia el pasado) y en el del pronóstico (hacia el futuro), de los acontecimientos que constantemente marcan como hito la existencia del hombre y configuran su tiempo. En efecto, todo acontecimiento recibe su sentido de una secuencia que lo precede y de la dirección que él indica. La interpretación consiste en discernir esta secuencia pasada y esta dirección futura, y como los puntos de vista pueden ser diversos, nunca es única ni unívoca.

La profecía es el lenguaje de la historia, o sea, intenta comprender las rupturas que imprimen su ritmo a la trama del tiempo. Y es que, de alguna manera, todo acontecimiento constituye una fractura, pequeña o grande, en la continuidad de la duración. La historia humana está hecha de movimientos: de pasos adelante o de pasos atrás; algunos parecen vinculados a acontecimientos culturales o políticos inimaginables; otros, por el contrario, están unidos a acontecimientos más o menos previsibles o previstos. Así, cuando ha transcurrido una etapa, no se puede seguir hablando igual que antes ni en lo que respecta al pasado ni en lo que concierne al futuro, piénsese en el hombre tras la invención de la rueda, de la máquina de vapor, de la cibernética...o despues de la experiencia de la tribu, de la monarquía....de la república.

Las otras rupturas van unidas al mal moral: a las injusticias que unos hombres cometen contra otros y que desfiguran pasajera o perdurablemente las comunidades humanas. La interpretación, por consiguiente, tanto si explica como si pronostica, debe tener en cuenta las rupturas: las vinculadas a la existencia histórica igual que las vinculadas al mal. Y cabe incluso preguntarse si es posible fuera de toda perspectiva religiosa.