Meses atrás se han suscitado muchas controversias con el libro de José Antonio Pagola, "Jesús. aproximación histórica". Unos teólogos y un obispo que nadie conocía (aun sigue la gente sin conocerlo) han salido a la palestra para "gritar" como "defensores de la ortodoxia" de que el libro contenía muchos errores de fe, que no era un Cristo divino...etc...etc.
Las palabras teológicas sobre Cristo conocen distintos acentos. En el centro de nuestra confesión de fe está Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, proclamado Hijo de Dios y Dios como su Padre, cuyo regreso para transfigurar el mundo aguardamos. Cabe en este punto prestar particular atención a lo inaudito de esta revelación, especialmente en lo que hace a la filiación divina de Jesús y su resurrección. A causa de ello, se procura iluminar los lados divino y transcendente de Cristo e interpretar su ser de hombre y su aventura humana a la luz que arroja su ser de Hijo resucitado. El acento que recae así sobre el lado divino de Cristo ha preparado para los que lo aman.
Esos teólogos anticipan de alguna manera en su teología lo que se nos manifestará en el final, lo que supera el hombre. Consideran, pues, al mundo, al ser humano y al tiempo a la luz del cumplimiento que contemplan en Cristo. Este proceder es incontestablemente justo y legítimo. Pero existe un peligro: el de minimizar la realidad humana en su ser y su significación propios. En lo concierne a Cristo, se corre el riesgo d eno evidenciar lo bastante la verdad concreta y la significación de su aventura terrenal, su lucha y su muerte. Este peligro comporta otro: el d eno tomar suficientemente en cuenta, ya sea en el nivel individual o en el colectivo, nuestra propia humanidad, sus recursos, su razón, su afectividad, pero también su significación respecto de la salvación. Cuando no se encara en medida suficiente este riesgo, se cae en la tendencia llamada "monofisista", porque reduce demasiado lo humano a lo divino en Cristo. Cuando se pasa cierto límite, esta tendencia se convierte en herejía. Más allá de la cuestión propiamente cristológica, esta tendencia puede tambien intrvenir siempre que se exalta lo "sobrenatutal" a costa de la consistencia propia de las personas y las cosas. El uno es exaltado entonces a costa del ser.
Si se percibe en cambio que, para salvarnos, Cristo ha debido ser plenamente uno de los nuestros, no se temerá tomar literalmente los evangelios en todos sus pasajes, incluso los que, por ejemplo, subrayan la ignoracia de Cristo, o el trágico relato de su agonía. Esta semejanza de Cristo con nosotros "en todo excepto en el pecado" parece ahora constituir el corazón mismo de la salvación, y el teólogo no se cansa de volver sobre ella, quizá porque desconfía un tanto de aquellas expresiones que dan la impresión de subir demasiado de prisa a lo divino en Cristo.También en este caso la problemática es legítima. El peligro es ahora no saber ya expresar con precisión lo que trasciende en Cristo al hombre y puede llevarlo a su meta, que es, en cualquier caso, transfiguración. Puede también consistir en que ya no se sepa dejar espacio, en una vida humana, para lo que reclama la superación de la existencia personal, social, política, en la dirección de un destino que no puede venir más que de Dios. Cuando no se hace frente lo bastante a este riesgo, se cae en la herejía llamada "nestoniana". Se lleva a cabo el análisis del ser de Cristo a costa de su unidad.
Sea lo que quiera de los peligros, estos acentos distintos son en sí mismos legítimos. Existieron ya en la Iglesia antigua: nos referimos a la Escuela de Alejandría, la insistencia en la afirmación de la divinidad de Cristo; a la "Escuela de Antioquía" la insistencia en la afirmación de su humanidad. Siendo legítimas, estas dos orientaciones son incluso inevitables, ya que no podemos percibir con una sola mirada ni ex`resar con un solo lenguaje la realidad de Cristo. Siempre habrá, pues, teologías mas expontáneamentes humanas y otras mas expontáneamente divinas, y reconciliarlas quizá seda difícil, porque ponen por obra preferencias que arraigan en la sensibilidad espiritual de un hombre, más allá del dominio puro de la inteligencia y las ideas.
La clave de una teología sana, sea cual sea su orientación, es la fidelidad a los adverbios con los que el Concilio de Calcedonia (año 451) calificaba el modo de hablar sobre Cristo: "sin confusión y sin mezcla, si división ni separación". Lo cual, en cierta manera, vale también a propósito de cómo se aborda el mundo y el hombre.

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