Aquella mañana, Hamed-ben-Nafar-el-Yébli, se quedó admirado ante Bab Yahwar (puerta de las perlas)[1], después de haber atravesado el puentecillo que salvaba el río Tagarete, que discurría cercano a Qasr-Al-Mubàrak[2] y casi en paralelo a las murallas abbadíes. Había dormido aquella noche, bajo una higuera en la cercana Mary-Al-Fidda[3], y había esperado que la puerta se abriese para que entrasen los comerciantes de las variadas mercancías dentro del recinto amurallado, donde harían sus transacciones diarias.

Hamed, era como el sol de Al-Andalus, su pelo rubio en contraste con su piel morena, hacía que los viandantes se volviesen a mirar a aquel extraño personaje que vestía como uno de ellos, pero que parecía venido de otras latitudes, alto, ojos verdes, cejas muy pobladas y la barba de su mentón rubia como el sol naciente. Se había criado en una almunia[4] próxima a la ciudad y su origen y su porte procedían de los nord-mann[5], su madre se llamaba Kirza, y concibió en su vientre a Hamed en el año 844.
Los nord-mann eran hombres venidos del norte de Europa que hicieron atrevidas incursiones saqueando las poblaciones de las costas de Al-Andalus y el día 1 de Octubre del referido año, costearon el litoral y penetraron por el Guad-el-Kebir, llegando hasta las murallas de la ciudad, tomándolas por asalto destruyeron la mezquita mayor y las propias murallas.
Los habitantes de Isbiliya se defendieron de la embestida normanda y se concentraron para darles la batalla, pero en los días posteriores a la invasión muchas almunias y alquerías quedaron a merced de los atacantes y muchas de sus mujeres fueron violadas y otras fueron raptadas para jamas volver a saberse de ellas, no obstante cuando vieron que la resistencia y el empuje de los árabes eran mayor del que supusieron y que cayeron muchos de ellos en la lucha, embarcaron de nuevo en sus naves y descendieron por el río deteniéndose en
Kirza, quedó encinta naciéndole poco después un hijo rubio como el fruto de los viñedos del Aljarafe.[6]
Con dieciocho años, Hamed, pensó que la vida en la almunia no era el sitio más apropiado para él y después de consultar con su madre y su abuelo, decidió venirse a Isbìliya a buscar fortuna como soldado del Walí[7] Ayud-Ben-Salem.
Por ello al abrirse las puertas por las que tenía que entrar, un escalofrío recorrió su espalda deseoso de que su sangre joven pudiese escribir muchas aventuras dentro de aquellos muros o en defensa de los mismos.
Se confundió con aquel abigarrado tropel de campesinos y comerciantes que entraban cuando desde el Alminar mayor[8] el Muezín[9] llamaba a la oración de la mañana y como fiel creyente cayó en tierra orientando su rostro al oriente en dirección a la Casa Santa de
Todo para él era nuevo, jamás había estado en una ciudad, pero su porte y distinción no le hacía desentonar en el nuevo medio en el que intentaba introducirse.
Salió de los lugares más concurridos, buscando el lugar donde los soldados se reunían en Qasr-al-Mubàrak, con el propósito de entablar con ellos conversación y tratar de entrar al servicio del walí, para ello y guiándose de la torre de

Con sus fuertes brazos abarcaba todo el ancho de la calleja por la que transitaba y al final de la mismas en dos columnas que hacían de sujeción a dos casas fronteras, se balanceó hinchando el poderoso tórax, exponiendo su belleza masculina de manifiesto al abrirse su albornoz[10], a la curiosidad de quien lo quisiera ver, pero él antes de hacer la exhibición miró a todos lados con pudor y cuando comprobó que nadie lo observaba efectuó el equilibrio.
Hamed, no estaba acostumbrado a las casas de dos pisos, pues en la almunia donde nació, todo se concentraba en una sola planta y no se fijó en un ajimez[11] en el que se recortaba una figura.
-El fuerte puede caer de las columnas al suelo....
Miró a un lado y a otro, extrañóse de no ver a nadie y creyendo que la calleja estaba embrujada, dijo empuñando su pequeño alfanje:
-¡Salga ese genio de las paredes de estas casas!
-¿Que me hará el guapo valiente?
-¡Sal y verás lo que te hago!- rugió furioso.
-¡No creo que puedas hacer nada!
-¡Sal maldito genio!
Las risas fueron en aumento y cuando Hamed se cercioró de donde procedían y miró a la parte alta de la casa frontal, cercana a las dos esquinas de la calle que acababa de dejar y en donde había hecho su exhibición, se quedó con la palabra helada al ver a un ser que le pareció por su hermosura una hurí[12], que con el rostro tapado por el velo, pero de una exquisita esplendidez se reía de su ignorancia.
-¡Por fin has dado con el genio!
-¡Perdón! estaba equivocado.
-¿Pero de dónde sales a estas horas y sin saber más que mirar al suelo?
-¡Oh hermosa hurí! ¡ que Allah te guarde !, pero yo soy campesino y no sé nada de la ciudad y lo primero que he visto ha sido la alegría para mis ojos, algo que no olvidaré jamás, tu persona.
La joven echó su risa al vuelo, una risa cantarina, como el arrullo de múltiples fuentes, con lo que Hamed quedó aún más cautivado que antes por la desconocida.
-¿Dime bella dama que esperas en ese ajimez ? ¿ tal vez a tu esposo ?
-No tengo esposo.
-¿Entonces a tu amado ?
-Aún no lo tengo.
-Seguramente esperas que el sol de la mañana quede nublado al verte mucho más radiante que él mismo.
-¡Tal vez....!
-¿Podría saber tu nombre?
-Aisa.
-Aisa....-repitió Hamed.-¡Nunca tan bello nombre sonó en mis labios mejor!
-¿ No serás un lisonjero ?
-¡Jamás conocí mujer alguna!, allá en la almunia, solamente vivíamos dos jóvenes y los dos éramos varones, así que hasta que no he venido a la ciudad no he conocido a ninguna mujer, pero Allah, me ha concedido el honor de conocerte a ti y nunca me olvidaré de tus ojos ni de tu voz, pero quisiera verte mejor, por lo que te ruego quites el velo de tu cara para verla y así sabré siempre dirigirme a la persona indicada cuando vuelva por esta calle.
-¡Eres muy atrevido para ser campesino!
-Te ruego,¡ Oh, dulce Aisa !, que me concedas ese favor.
-Ningún Dios, puede querer que la belleza esté guardada sin que la admire el hombre.
-Pero caeríamos en delito.
-¡Nunca fué delito ver los tesoros más preciados!
-Irremediablemente eres un atrevido, así que me marcho y no me verás más.
-¡No te marches bella estrella de la mañana!
La joven riendo cerró las jambas del ajimez, pero dejó caer un pañuelo que en la mano tenía, Hamed lo recogió del suelo y quedó mirando largo rato a las celosías cerradas, pero no observó ningún movimiento en el interior y se marchó de aquella calle con la intención de volver en cuanto pudiese.
¡El corazón de Hamed había quedado atrapado en las enredaderas del amor de Aisa!. Besó el pañuelo y lo puso en el interior de su chamir[14], con el objeto de llevarlo siempre en su corazón.
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Se acercó a la puerta de la Mezquita de Ibn Adabbas y se quitó el calzado para entrar en ella, lo hizo con el propósito de orar y pedir a Allah, Dios único, el Misericordioso, que le condujese por las sendas del bien y sus peticiones llegasen a buen puerto y no se olvidase de mostrarle por segunda vez a su amada Aisa.
Salió de la Mezquita y se entremezcló con algunos soldados que hablaban en la explanada de la misma.
Aquellos seres le parecían personajes de cuentos de fábulas, hombres que habían corrido muchas aventuras por las cicatrices que algunos ostentaban en sus rostros y en sus manos, los ropajes que tenían eran bruñidos y atrayentes, su fuerza y coraje se adivinada en la forma de expresarse y actuar. Estaba en estas observaciones cuando en la pequeña plaza se formó un tumulto y unos clarines resonaron en el aire.
-¡Dejad paso al Kaid![15] ¡ Dejad paso al Kaid!
Todos se apartaron para dejar paso a quien se acercaba a trote en su corcel blanco como la nieve y Hamed se quedó boquiabierto ante tan singular aparición.
El Kaid llegó y más que una persona, a Hamed le pareció un ser irreal, llegaba con su casco reluciente dorado y un penacho de plumas de colores ondeando al viento, cota de malla dorada y brillante y en los talones colocados los acicates[16]plateados y una capa color azul que sujeta de sus hombros volaba a los vaivenes del animal, describiendo caracolas en el aire. Su alfanje plateado como la luna, pendiente de la cintura. El caballo enjaezado con adornos de plata, como si fuese la montura de un príncipe de cuento de hadas. Descendió cuando un soldado le sujetó las bridas y sacando su arma se la entregó y penetró en la Mezquita para orar.
Hamed se acercó al soldado que sostenía el caballo del Kaid.
-Señor, soy Hamed y quisiera hablar un momento contigo.
-¿De que se trata?
Aquel hombre avezado en la guerra y más proclive a la paz le contestó:
-¿No crees que eres demasiado joven?
-¡No señor, soy fuerte y puedo defender a mi patria!
-¡Buen aliento tienes!
-¡Señor seré el mejor!
-No lo dudo, por los bríos que traes.
-¿ Entonces.. ¿donde tengo que ir ?
-Tendrás que ir al puesto del Arraiz[17] y presentarte en él para que te admitan en la leva.
-¿Donde es eso? pues no soy de aquí.
-Irás donde está la Alcaicería[18] y seguirás adelante, encontrarás una edificación y allí debes preguntar por el Jaial[19], el te anotará y pasado dos días volverás para ser admitido por el Arraiz.
-¡Gracias señor! ¡ que Allah el Misericordioso te ayude y conserve la vida!
El soldado lo vió marchar y pensó que el Jaial, hombre cruel y sanguinario, mataría las ilusiones de aquel joven extraño por su aspecto.
Corrió Hamed, donde le indicó el soldado, pero los caminos que los hombres eligen, no son los caminos que elige Allah, el Misericordioso. Y quiso El, que Hamed volviese sobre sus pasos y pasase junto a la casa de Aisa.
Toda la furia avasalladora y guerrera que llevaba se frenó en seco al mirar donde su amada vivía y como una fuerza incontrolable, quedó parado en la calle sin poder andar.
Extrañado de su propia actitud miró a aquel ajimez y se sintió feliz como si comtemplase la luna.
Aunque parezca extraño una figura en el interior miraba por la celosía no perdiendo un ápice de lo que en la calleja sucedía.
La cara de Hamed, era un mundo de sensaciones y sus ojos verdes brillaban a la claridad del sol de la media mañana, que se reflejaba en la pared blanca como la nieve.
Cuando más absorto estaba, esperando que Aisa, saliese por el ajimez, sintió la puerta de la calle chirriar y un zeis[20], le hacía señas para que entrase.
No lo pensó dos veces y le siguió. Al entrar se encontró con un patio en donde una fuente cantarina dejaba caer su agua en el mármol blanco de la misma, las macetas rodeaban la edificación a donde daban varias puertas tapadas con cortinas de bellos colores, en un ángulo del patio una jaula retenía en su interior unos pájaros de bellos y diversos colores, que con sus trinos asemejaba aquel lugar al Paraíso.
El zeis le indicó que entrase en una alhamí[21] iluminada por la luz de una candila[22]perfumada por diversos y antiguos procedimientos y se encontró a Aisa semitendida en unos almohadones.
Sostuvo el zeis la cortina, hasta que Hamed entró en la alhamí y luego la dejó caer.
Vestía la bella con almeizar[23]en la cabeza con lo que hacía que su belleza se realzase y sobre su cuerpo llevaba un kaftán[24], tan liviano que los encantos de Aisa se traslucían por la vestidura dejando claramente ver las sinuosidades de su cuerpo y la hendidura entre sus dos piernas; se adornaba con ricas ajorcas[25]en sus muñecas y tobillos que desprendían melodiosos sonidos.
En el rincón de la alhamí, un anafe[26] calentaba en un recipiente lentamente vino con zumo de grano de sahuco y adormidera, lo que hacía que aquella estancia tuviese un ambiente abúlico y de dejadez permanente.
Los brazos de Aisa se alzaron y Hamed se fué acercando a ella lentamente y arrodillándose en los almohadones donde descansaba el cuerpo de sus anhelos.
Con manos expertas, Aisa, le quitó el albornoz, quedando Hamed a la contemplación de la fémina solamente con un zaragüelles[27]por donde debido a su poca experiencia y juventud se podía contemplar con toda claridad la esplendidez de los atributos del hercúleo ejemplar humano.
Pero Aisa, no quería asustar a su admirador, después de contemplar la dicha que le esperaba, se incorporó y cogiendo el recipiente que bullía en el fuego del anafe, lo volcó en una escudilla para enfriarlo, un poco después lo vertió en dos alcarrazas[28], y siguió acariciando el pecho y la espalda del amado Hamed, rozando con su cuerpo las piernas arrodilladas del mismo, que parecían las columnas del palacio del Cadí.
Cuando estimó que la bebida estaba para ser consumida se la ofreció al joven que la degustó a pequeños sorbos mirándose, como en un espejo, en los ojos de la hurí.
Hamed se tendió en los almohadones abandonándose a las caricias de Aisa, la cual comprobó de inmediato la inexperiencia de él.
-¿Hamed cuantos años tienes?
-Dieciocho.
-¿Nunca has amado?
-¡Nunca!
-¡Querrías amarme a mí!
-No habría otra dicha mayor que esa, ni aunque mis pies tocasen el cielo y los aves mas hermosas me cantasen con sus trinos las más bellas melodías.
-¿No te arrepentirás?
-¡Nunca me arrepentiré ¡Oh bella Aisa!
-Cierra tus ojos y déjate llevar.
Hizo Hamed lo que se le pedía y sintió que unas manos suaves como
las sedas del oriente acariciaban sus muslos y retiraban lentamente su zaragüelles, después su alma se transportó por los caminos del cielo para encontrase después en el culmen de la dicha más absoluta que ser humano hubiese podido disfrutar en esta tierra, absorbido su cuerpo y pensamiento por el calor de las profundidades de Aisa, que como experta conocedora del amor, donaba a aquel ser amado todo su néctar de flor perfumada por los más exquisitos jardineros del oriente.
Le llegaron las primeras luces de la mañana en los brazos de Aisa y esta le habló a Hamed al oído acariciándolo y siendo acariciada en su cuerpo desnudo por el amado:
-¡Prolífero derrame se ha producido esta noche en mi ventana!.
¿Se ha presentado viniendo de las tinieblas de la oscura noche?
¡Bien venido sea aquél que vino en la oscuridad como visitante!
Aquello excitó de nuevo los apetitos sensuales de Hamed y le vinieron tales ganas de volver al interior de Aisa que esta, notó que habiendo sido maestra, ahora sería alumna por haber pasa

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