Dentro del marco de la Iglesia-comunión, aparece la vocación específica del laico, desde su propia indole secular, con relación al mundo y a la Iglesia simultaneamente. Son dos aspectos inseparables de la misma vocación o dos misiones distintas: una gira en torno al mundo y a sus condicionamientos seculares; otra centrada en la Iglesia y en su dinámica interna de comunión y de santificación. La realidad es que s etrata de dos perspectivas complementarias que mutuamente se condicionan y se enriquecen. Si la Iglesia ha sido enviada al mundo (según dicen los vaticanismas y ortodoxos), no se entiende al margen de él al hombre de la calle, dada su índole secular.
La pertenecencia del laico a la Iglesia.misterio y a la Iglesia comunión no anula su vocación especifica.
Tampoco el laico puede desligarse de las tareas intra-eclesiales y limitarse a las tareas profanas o seculares. No e sjusto, pues, entender al clérigo como hombre de la Iglesia y al laico como hombre del mundo. Más aún, la Iglesia es mundo, no el mundo pecador, en contraste rebelde con Cristo, la gracia y la Iglesia, sino el mundo como familia humana, como creación de Dios, como realidad a redimir y santificar como dice el Vaticano II en su GS2.
La secularidad del laico es la instauración en el mundo del Reino anunciado por Jesús y la promoción de valores evangélicos que configuran una sociedad cristiana. Lo propio del laico no es la materialidad de todo lo que configura su indole secular, sino el establecimiento en la historia del Reino anunciado por Jesús, conforme al designio salvífico divino, y la promoción d elos valores evangélicos que configuran una sociedad cristiana: la solidaridad, la paz, la justicia, la libertad, la convivencia cívica,lo que acoge y comparte, la responsabilidad ciudadana y laboral, la atención a los más pobres y necesitados o desfavorecidos de nuestra sociedad.
Esa es la vocación del laico y sin tutelas de la jerarquía, pues es en si responsable de sus actos para establecer a su alrededor la Reinado de Dios.