TEOLOGIA POPULAR

Granada. España

LOS PROFETAS

TEMA 01

NI ADIVINOS…

En ente primer tema vamos a intentar ver quiénes fueron los Profetas. De ellos habla con frecuencia la Biblia. Y de ellos se habla ahora también, sobre todo en los ambientes eclesiásticos y, en general, entre los cristianos.

Pues bien, lo primero que hay que decir sobre los Profetas es que no fueron ni adivinos, ni futurólogos. Es decir, no fueron individuos dedicados a anunciar el futuro, como si supieran de antemano lo que iba a pasar. Es más, ni siquiera se puede decir de ellos que fueron los encargados de anunciar la venida de Cristo (el Mesías) al mundo. Por supuesto, que ellos hablaron de ese asunto en determinadas ocasiones. Pero debe quedar claro, desde ahora, que ni aun para eso, los profetas fueron unos adivinos del futuro.

Pero, entonces, ¿qué o quiénes fueron los Profetas? Para decirlo en pocas palabras: los Profetas fueron auténticos “hombres de Dios”, que tuvieron una gran experiencia del Señor, lo cual les capacitó para descubrir, en los acontecimientos y en la historia, las intervenciones de Dios para bien del pueblo. Por eso, ellos supieron interpretar el presente, su propia situación actual y la situación del pueblo. Y eso en un sentido concreto: ellos decían claramente si la actuación de la gente y del pueblo estaba bien orientada, según los deseos o designios de Dios; o si, por el contrario, la gente y el pueblo se apartaban de su recto camino.

ASI EMPEZARON

¿Cómo, cuándo y dónde empezó a haber Profetas? La historia de lo que se llama el profetismo es muy larga. Y por eso, le pasa como a todas las cosas muy antiguas: que sus orígenes nos resultan difíciles de conocer con precisión. De todas las maneras, lo que aquí podemos decir sobre este asunto es lo siguiente.

Sabemos que en los tiempos de los primeros reyes del pueblo de Israel, allá por el siglo once antes de Jesucristo, había dos clases de Profetas. Ante todo, estaban los que llamaban “videntes”, que eran hombres respetables, que sabían más que la gente normal y corriente, y a los que se acudía, en algunas ocasiones, para preguntar por el paradero de cosas o animales perdidos. Por ejemplo, una vez, hubo un tal Saúl, al que se le perdieron unas burras. Se fue a buscarlas y acudió a un tal Samuel, que era de esos “videntes” a quienes la gente consultaba (1 Sam 9,2...). Pero había otra clase de Profetas, que eran llamados “nabiim”: estos vivían en grupos, rezaban mucho y, a veces, durante la oración les pasaban cosas raras, como quedarse tiesos o pegar brincos. Vivían en ermitas o capillas, apartados de la gente. Pero hay que tener en cuenta que estas dos clases de Profetas existían, no sólo en el pueblo escogido de Israel, sino también en otros pueblos y naciones de aquel tiempo. Por ejemplo, sabemos que el profeta Elías se tuvo que enfrentar una vez con 450 profetas cananeos (1Re 18,22). Con el paso del tiempo, la palabra “vidente” vino a querer decir casi lo mismo que “profeta”. También sabemos que había escuelas de profetas. Y hasta hubo un tiempo en el que eso de ser “profetas” era una especie de oficio en la corte del rey, porque hubo reyes que tenían sus profetas de cabecera, como el que tiene un médico, un sastre o algo parecido.

¿QUÉ HACIAN LOS PROFETAS?

De acuerdo con lo que hemos dicho hace un momento, los reyes solían consultar a sus profetas en asuntos de importancia, por ejemplo cuando se trataba de organizar una guerra, luchar contra una plaga del campo o disminuir los malos efectos de una sequía. Esta costumbre llevaba consigo lo siguiente: Si el profeta decía cosas agradables, recibía regalos de los reyes y de los ricos. Lo cual era, a veces la causa de que algunos “enteradillos” se dedicaban a decir lo que a la gente le gustaba oír. Los que hacían eso eran los falsos profetas, que eran egoístas y embusteros.

Los verdaderos Profetas del pueblo de Israel tenían, ante todo, una cualidad muy importante: eran designados directamente por Dios, que era el que los llamaba a realizar semejante tareas. Por lo tanto, no se trataba de un oficio como los demás, sino que era necesariamente una persona señalada y designada por Dios. Por eso, los Profetas tenían siempre la idea de que ellos eran enviados de Dios y que hablaban en nombre de Dios. Por consiguiente, las cosas que decían no eran simplemente las cosas que a ellos se les ocurrían, sino las cosas que Dios les mandaba decir. De ahí que cuando empezaban a hablar, decían siempre: “Esto dice el Señor”.

Otra cualidad interesante que tenían los Profetas es que siempre hablaban para una situación concreta y para personas concretas, Lo cual quiere decir, entre otras cosas, que nunca daban normas generales o leyes universales. Ellos hablaban en concreto y para cada situación concreta.

Pero, sin duda alguna, lo más interesante que se puede decir de los Profetas es que, cuando se trata de Profetas grandes e importantes, aparecen siempre en tiempos de cambio, cuando se acaba una situación y empieza otra, cuando hay muchas cosas que resultan nuevas y desconocidas. Como todo el mundo sabe, estos tiempos de cambio son siempre difíciles, porque la gente no se siente segura y tiene miedo. La solución entonces, al menos para muchas personas, es volver a lo de antes, a lo tradicional, a lo que libera del miedo, Esto se nota, sobre todo, en lo que se refiere a la religión. Que es justamente lo que ahora le pasa a mucha gente, que se ha vuelto más carca o más tradicional, porque ahora también estamos en una época de cambio. Pues bien, en situaciones así es cuando, sobre todo, aparecen los grandes Profetas, para interpretar la situación y las cosas que pasan. Ellos le dicen a la gente que no debe agarrarse a lo tradicional, aun cuando se trate de la religión más segura del mundo. Porque lo importante no es la religión que da seguridad, sino la fe en Dios, la amistad con el Señor y la fidelidad a los planes de Dios.

Es importante comprender lo que esto nos quiere decir. La gente busca en la religión más la seguridad que la fidelidad, Por eso, a veces la gente quiere estar bien con Dios, pero también con su seguridad puesta en las cosas de la tierra. Pero el Señor no tolera esa postura. De ahí que el gran profeta Elías le decía, un día a la gente: “¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies?” (1Re 18, 21). Dios quería grandes cosas para su pueblo, pero éste se aferra a su seguridad, cosa que busca en las prácticas religiosas, porque la gente se piensa que practicando la religión, con eso y nada más, ya está bien con Dios. De esa manera, la gente se engaña a sí misma, se aleja de Dios y se aparta de los proyectos del Señor. Bueno, pues todo esto es lo que los Profetas atacan, porque ven que es lo que más daño hace al pueblo.

Por consiguiente, la verdadera tarea de los Profetas era comunicar al pueblo lo que Dios quiere y lo que Dios espera, sobre todo cuando la vida y las cosas cambian, cuando la gente se engaña o no sabe que es lo que tiene que hacer.

ASI HABLABAN LOS PROFETAS

Hemos dicho que los Profetas hablaban en nombre de Dios. Por eso, sus palabras eran verdaderas palabras del mismo Dios, Pero, claro está, esto tenía un inconveniente muy grave, a saber: que las palabras humanas son muy pobres y pequeñas para expresar las ideas y los pensamientos de Dios. De ahí, la enorme dificultad en que muchas veces se veían los Profetas a la hora de querer decir al pueblo lo que Dios quería. Por eso también, muchas veces los Profetas tenían que trabajar, hasta sudar, para encontrar nuevas palabras y nuevas formas de decir lo que tenían que comunicar a la gente. Y en algunas ocasiones llegan a luchar con Dios, precisamente por este motivo.

Esto se ve muy claro, por ejemplo, en el caso del profeta Jeremías, que un día se puso a decirle a Dios: “Sábelo: he soportado por ti el oprobio. Se presentaban tus palabras y yo las devoraba. Era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón, porque se me llamaba por tu nombre, Yahweh, Dios Sebaoth. No me senté en peña de gente alegre y me divertí. Por obra tuya me senté solitario, porque me llenaste de rabia”. (Jer 15,16-17)

Y en otra ocasión le dijo el mismo Profeta a Dios: “Me has seducido, Yahweh, y me dejé seducir, me has agarrado y me has podido. He sido la risa cotidiana: todos se burlaban de mí. Porque cada vez que hablo es para clamar: ¡Atropello! Y para gritar: ¡Expolio! La palabra de Yaweh ha sido para mí oprobio y burla. Yo decía: No volveré a recordarlo, no hablaré más en su nombre. Pero había en mi corazón algo así como un fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía”. (Jer 20, 7-9)

Estas palabras, que acabamos de ver, nos dicen claramente lo que era la vocación de estos hombres tan singulares que llamamos los Profetas. Este tipo de tarea no se hace ni por dinero, ni por regalos, ni por nada del mundo. Porque es algo sencillamente terrible. Porque los caminos de Dios son muy distintos de los caminos de los hombres.

Por eso, con frecuencia, los Profetas tenían que decir lo que resultaba duro y desagradable. Y de ahí, la dureza de su lenguaje en algunas ocasiones, Y también lo apasionante que resulta con bastante frecuencia.

LOS PROFETAS Y NOSOTROS

Los Profetas existieron en los tiempos antiguos, varios siglos antes de la venida de Jesús a este mundo. Pero eso no quiere decir que este asunto de los Profetas sea una cuestión que sólo interesa a la hora de conocer la historia. Los Profetas son también de hoy, de ahora, de nuestro tiempo. Porque Dios sigue mandando al mundo y a su pueblo (los creyentes de todo el mundo) hombres iluminados, que tienen la misma misión que los Profetas antiguos: explicar las situaciones, comunicar los designios de Dios en un momento determinado, interpretar los hechos a la luz de Dios. En otro tema, más adelante, trataremos expresamente este punto. Pero ya desde ahora era importante decirlo. Todo el mundo conoce nombres como Martin Luther King, Lanza del Vasto, Juan XXIII, Oscar Romero, etc. En estos casos, se trata de los profetas de nuestro mundo y de nuestro tiempo. Por eso hay que decir aquí que lo importante es oír a esos nuevos Profetas, saber lo que nos dicen, comprender cómo interpretan la vida, los hechos y la historia. Sobre todo, en un tiempo como el nuestro, tiempo de cambio y de miedo, tiempo de inseguridad y de incertidumbre. Tiempo en que nos interesa a todos dar y dejar la palabra a los Profetas.

PREGUNTAS

1. ¿Por qué te interesa el estudio de los Profetas?

2. ¿Qué sabías acerca de los profetas, antes de empezar este tema?

3. ¿Has conocido a algún Profeta de hoy? ¿Qué te ha enseñado?

4. ¿Conoces los nombres de los Profetas de Israel? ¿Sabes algo más de ellos? ¿Qué te han enseñado?

5. ¿Crees que hoy es importante y urgente la aportación que nos pueden hacer los Profetas? ¿Por qué?




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LOS PROFETAS

TEMA 02

TAMPOCO ERAN FUTUROLOGOS

En todos los tiempos, la gente ha tenido curiosidad por saber o adivinar el futuro. Lo cual explica la existencia de adivinos, brujos, astrólogos y otros tipos por el estilo. Individuos que, echándole cara al asunto, y aprovechando la ingenuidad de la gente, se ganaban la vida diciendo lo que iba a pasar en el tiempo por venir. Y aunque casi nunca acertaban, la fama y el cuento les daba para vivir.

Hoy los tiempos han cambiado. Pero resulta que ahora le preocupa a la gente lo que va a pasar, seguramente mucho más que en otros tiempos. De ahí que últimamente se han multiplicado los adivinos del futuro, a los que ahora se llama “futurólogos”. Y cuando hacen sus averiguaciones por medios científicos (encuestas, análisis sociológicos, etc.), se les llama especialistas en prospectiva. Las grandes empresas y los partidos políticos se ocupan de este tipo de asuntos, porque les interesa saber lo que deben invertir con vistas al futuro que se avecina.

Pues bien, ¿se puede decir de los Profetas que ellos eran también los futurólogos de los tiempos antiguos? Y si no lo eran, entonces, ¿en qué consistía su tarea?

JUSTAMENTE AL REVES

La diferencia entre los futurólogos y los profetas está en esto: los futurólogos interpretan el futuro a partir del presente, mientras que los Profetas interpretan el presente a partir del futuro. O sea, justamente al revés. ¿Qué quiere decir esto?

En la mentalidad de los Profetas, el futuro de los hombres es Dios mismo. Lo cual quiere decir que el futuro de los hombres es la vida sin límites, la vida más plena y más dichosa, la vida más completa. Porque todo eso es Dios y es propio de Dios. Ahora bien, desde ese punto de vista es como los Profetas miraban a su presente y enjuiciaban el presente, o sea la situación de los hombres y de la vida y, en general, todo lo que se iba presentando. Por eso, los Profetas solían criticar duramente su momento presente, las situaciones de su tiempo, los comportamientos de la gente y, en general, todo lo que se refería a su momento presente.

Pero, ¿por qué hacían eso los Profetas? La explicación es muy sencilla: cuando las cosas se ven desde la plenitud de la VIDA, que es Dios, no hay más remedio que hacerse crítico con relación al presente. Porque enseguida se da uno cuenta de la cantidad de limitaciones y miserias que tiene la vida presente. Por eso, aquellos antiguos Profetas veían claramente que la mayor parte de la gente no buscaba nada más que su interés particular, con lo cual la vida se convertía en una auténtica miseria: cada cual iba a su apaño y así todo el mundo salía perdiendo, sobre todo los más débiles, los pobres y en general la gente que no podía defenderse por sí misma. La resultante de todo esto era una vida en la que cada uno es un lobo para los demás. Y entonces, todo es querer averiguar el futuro desde la miseria del presente, mientras que el verdadero problema está en cambiar el presente desde la maravilla de vida que se nos promete en el futuro. Por eso, los Profetas no se cansan de llamar la atención a la gente, sobre todo cuando estaba en juego la felicidad o la desgracia de los más desamparados. Así, el profeta Isaías clamaba en uno de sus sermones: “Buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda” (Is 1,17).

Los pensamientos de Dios son: que haya vida para todo el mundo, que haya pan y trabajo y alegría para todos, y para todos por igual. Mientras que los pensamientos de los hombres son: que haya vida y alegría para mí. Por eso hemos dicho que los Profetas iban al revés del común de la gente. En este punto eran hombres muy radicales y sin medias tintas.

CONTRA LA CARRERA DE ARMAMENTOS

Un día, el profeta Isaías se puso a decirle a la gente: “Se humillará la soberbia del hombre y se abajará el orgullo humano; sólo será ensalzado el Señor” (Is 2,17). “Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas, no levantará su espada nación contra nación…” (Is 2,4)

Con estas palabras, el profeta quiere decir que el plan de Dios es que haya paz completa en la tierra, entre los hombres y entre las naciones. Por eso, el plan de Dios es que se acaben las luchas y las guerras, los enfrentamientos y las enemistades. Y para eso, lo más eficaz es que se acaben los armamentos con los que los hombres se pelean y hacen las guerras. De ahí el convertir las espadas y las lanzas en instrumentos de labranza. Osea, transformar el odio en productividad.

Pero el camino para eso es que se humille la soberbia de los orgullosos, es decir que se llegue a producir una profunda conversión en el corazón humano. De tal manera que se acaben los sentimientos de revancha y de enemistad, que nadie quiera ser superior a los demás para dominarlos, y que entre todos exista un verdadero deseo de productividad y de bienestar para todos.

En el fondo, estas imágenes que nos recuerdan la vida campesina (los azadones y las podaderas), parece que hacen alusión al jardín del Paraíso, es decir hacen alusión a la situación ideal en que el hombre es amigo de Dios y Dios se relaciona con el hombre como un amigo cercano. La consecuencia de aquella situación era la paz, la alegría, el amor. Eso es lo que Dios quiere. Y eso es lo que anuncia por medio de los Profetas.

Por último, hay que tener presente que para llegar a esta situación, el hombre tiene que cortar con sus falsas seguridades. Las seguridades que provienen de cualquier tipo de apoyos humanos, tales como la propia posición, el dinero, las influencias y hasta los armamentos. La seguridad verdadera está en el plan de Dios, que es la sociedad fraternal y auténticamente humana.

¿Y EL FUTURO?

Pero bueno, vamos a ver, ¿es que todo esto no es ir contra el propio hombre? ¿No es todo esto lo mismo que hacer al hombre esclavo de Dios? ¿No es todo esto un verdadero rollo que nos complica la vida más todavía de lo que ya está complicada?

Hay un texto admirable, en el libro del Deuteronomio, que responde admirablemente a estas cuestiones: “Porque estos mandamientos que yo te entrego hoy no son superiores a tus fuerzas, no están fuera de tu alcance. No están en el cielo para que tengas que decir: ¿quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos, para que los oigamos y los pongamos en práctica? Ni están al otro lado del mar, para que tengas que decir: ¿quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos, para que los oigamos y los pongamos en práctica? Sino que la Palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica” (Dt 30.11-14)

Cuando el texto habla de la “Palabra”, se refiere al proyecto de Dios. Por lo tanto, el texto quiere decir que el proyecto de Dios no es una cosa que está fuera del hombre. Y menos aún una cosa que está lejos del hombre. El proyecto de Dios está en el mismo hombre, en el interior de cada uno de nosotros, en lo más íntimo de cada persona. Y eso quiere decir que, en definitiva, las aspiraciones y deseos más profundos del hombre son lo que constituye el proyecto de Dios sobre el hombre. O sea, no se trata de que los proyectos de que los proyectos de Dios vienen a caer sobre el hombre como una carga tremenda, sino que se trata exactamente de todo lo contrario: lo que Dios quiere es la plenitud y la realización del hombre. Por lo tanto, lo que Dios quiere es la felicidad del hombre, la alegría de cada persona hasta que llega a colmar todas sus aspiraciones. Por eso, se puede decir también que a medida que el hombre descubre más y mejor los caminos de Dios, en realidad lo que descubre es su propio camino.

Pero, ¿qué es lo que todo esto tiene que ver con el futuro del hombre, con el futuro de cada persona? Ya hemos dicho, que la idea central de los Profetas es que el futuro de Dios es la plenitud del hombre. Es decir la puesta en práctica de1 proyecto de Dios es lo que verdaderamente puede hacer la felicidad del hombre. Y entonces es cuando el hombre encuentra su futuro, el verdadero futuro por el que suspira y en el que sueña. Que, en definitiva, el futuro consiste en el amor, la paz y la justicia entre los hombres.

PREGUNTAS

1. ¿Te preocupa el futuro? ¿Por qué?

2. ¿Qué te ha aportado este tema para el momento presente?

3. ¿Crees que tus aspiraciones más profundas coinciden con los proyectos de Dios? ¿En qué cosas no coinciden?

4. ¿Crees que este tema ha aumentado tus esperanzas? ¿Por qué?

5. ¿Podrías describir ya en qué consiste un verdadero Profeta?




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LOS PROFETAS

TEMA 03

LA VOCACION DEL PROFETA

Ya hemos visto antes que, en los tiempos antiquísimos, había, en el pueblo de Israel, profetas verdaderos y otros que eran falsos: los unos decían cosas que a la gente no le gustaba oír, mientras que los otros decían lo que agradaba al público, Por eso, con bastante frecuencia, se planteaba la cuestión: ¿a qué profetas había que hacer caso y a cuáles no?

Esta cuestión era especialmente delicada en aquellos tiempos. Por una razón que se comprende enseguida: en definitiva, decir que un profeta era verdadero, era lo mismo que decir que sus palabras eran palabras de Dios. Y eso era una cosa muy seria. Porque ya hemos dicho que, con frecuencia, los profetas decían lo que a la gente no le gustaba oír. De ahí que, muchas veces, los profetas verdaderos aparecían como pobres fracasados, como personas extrañas, que habían dicho, de parte de Dios, cosas muy desagradables. Y es por eso, porque aparecían como pobres fracasados, por lo que ellos necesitaban demostrar que, a pesar de todo, ellos eran verdaderos enviados de Dios, cuyas palabras valían para aquel tiempo y también para los tiempos venideros. Por eso, cuando se contaban las cosas que había dicho un profeta, al comienzo solían poner el relato de su vocación, es decir se contaba cómo y cuándo lo había llamado Dios para la tarea de profeta.

Por otra parte, es interesante ver cómo llamaba Dios a aquellos hombres: lo que les decía, lo que les prometía y lo que les anunciaba. Todo esto es muy interesante, porque así se ve por dónde van los caminos de Dios y los proyectos del Señor.

En este tema, vamos a analizar una de esas vocaciones, la del profeta Jeremías, que es especialmente significativa. Dice así: “Yo recibí esta palabra del Señor: Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de las gentes. Yo conteste: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho. El Señor me contestó: No digas “soy un muchacho”, que a donde te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte, -oráculo del Señor-. El Señor extendió la mano y me tocó la boca, y me dijo: Mira: yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, PARA ARRANCAR Y ABRASAR, PARA DESTRUIR Y DEMOLER, PARA EDIFICAR Y PLANTAR” (Jer 1, 4-10).

¿PARA QUE ES LA VOCACION?

Las últimas palabras explican para qué es y para qué sirve la misión del profeta; son verbos que expresan muerte y vida en el campo (arrancar, destruir, plantar) y muerte y vida en la ciudad (arrasar, demoler y edificar), Se trata, pues, de palabras de desgracia y de salvación para la población entera, lo mismo los campesinos que la gente de la ciudad. Lo cual quiere decir que del juicio de Dios no se va a escapar nadie, ni siquiera el mismo profeta, que en esto, como en las demás cosas, fue solidario con su pueblo.

Solamente las últimas palabras, “edificar y plantar”, anuncian un nuevo principio de vida. Y vienen a expresar que, después de una gran calamidad, la vida se impondrá de nuevo.

Pero de todas maneras, el hecho fuerte es que el profeta está puesto por Dios para anunciar algo terrible: la vida entera del profeta se tenían que orientar en el sentido de ese anuncio desolador y espantoso. ¿Y a qué se refería semejante anuncio? Pues sencillamente a algo que impresiona cuando se piensa en ello: la ciudad de Jerusalén iba a ser asediada y sitiada por los ejércitos babilonios; y en esas circunstancias, el profeta tenía que aconsejar a sus compatriotas que se entregaran a los enemigos, para que los hicieran cautivos, para que se los llevaran deportados al extranjero, para que los babilonios arrasaran a su pueblo y a su tierra. Y solamente después de eso, Dios empezaría de nuevo a “edificar y plantar”, pero sin saber cómo y cuándo iba a venir esa reconstrucción.

El hecho es que todo esto resultaba obviamente espantoso. Hasta tal punto que, por causa de este anuncio, el profeta Jeremías fue considerado como un traidor, como una desgracia, un gafe y un infortunio. Y las cosas llegaron a ponerse de tal manera que el profeta terminó metido en un pozo, a donde le arrojaron para que allí se muriera.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que lo que decía Jeremías resultaba muy difícil de entender. Porque Dios no se había portado así nunca con su pueblo. Por el contrarío, a todo lo largo de la historia, lo que Dios había hecho con su pueblo era estar siempre a su lado para defenderle de los enemigos. Pero, en tiempo de Jeremías, las cosas habían cambiado de tal manera que Dios se va a comportar de una manera completamente desacostumbrada.

En el fondo, todo esto contiene una enseñanza importante: la gente se había hecho una imagen fija de Dios, una imagen que, lógicamente, excluía lo nuevo y lo desacostumbrado, mientras que el profeta Jeremías anuncia a un Dios vivo, que no está atado a nada ni a nadie, y que no se identifica con nada de lo que los hombres pensamos o imaginamos. Lo cual exiges de parte de los hombres una postura de búsqueda y de cambio, porque se relacionan con un Dios que es conocido y desconocido al mismo tiempo.

Además, Jeremías quería anunciar a sus contemporáneos que Yahveh no es solamente un Dios que garantiza la salvación. Yahveh es también un Dios que puede abandonar a su pueblo elegido, si es que el pueblo no corresponde a los deseos de Dios. Y no sólo puede abandonar a su pueblo, sino que, de hecho, sobrevendrá la ruina y la deportación. De tal manera que solamente después de toda esa angustia, Dios comenzará de nuevo a “edificar y plantar”.

En resumen: Dios llamó al profeta Jeremías a una tarea espantosamente desagradable y dura, la tarea de anunciar a su pueblo y a sus compatriotas la destrucción, la ruina, la deportación y el exterminio. Y lo peor de todo es que este profeta presenta a un Dios que comienza a actuar en el momento en que el hombre ha llegado a la situación límite y hasta el fin de sus propias fuerzas.

EL RECHAZO DE LA MISION

Hay en la vocación de los profetas una cosa que aparece constantemente: la vocación y la tarea que tienen que realizar no es un asunto que se le ha ocurrido al propio profeta, algo que ha salido de él, de sus ideas y de sus iniciativas. Nada de eso. La vocación y la misión del profeta vienen siempre de Dios, que es quien toma la iniciativa, llama y destina. Ahora bien, en estas vocaciones de los profetas, hay siempre un esquema, que se repite en la Biblia todas las veces que se trata de este asunto. Ese esquema es el siguiente:

· la llamada

· el rechazo

· la misión divina

· el refuerzo y la autorización (purificación)

Encontramos este esquema en la vocaci6n del Juez Gedeón (Jue 6,12-16), en el capítulo 6 de Isaías, en el profeta Ezequiel (Ez 2,1-3.15) (aquí falta el rechazo del profeta), y hasta en el Nuevo Testamento aparece este mismo esquema en el anuncio que el ángel hace a María la madre del mayor que todos los profetas y el que era indudablemente más que un profeta (Lc 1,26-38)

Volviendo al caso de Jeremías, hemos visto en el texto citado al principio que, a la llamada divina, el que ha sido llamado responde: “¡Ay, Señor mío¡ Mira que no sé hablar, que soy un muchacho”. No se trata aquí de una disculpa, para escurrir el hombro ante una tarea difícil y molesta. En realidad, lo que esas palabras indican es que el muchacho se daba cuenta perfectamente de su incapacidad para la tarea que se le señalaba. Y expresa esa incapacidad diciendo que es un muchacho, un jovencito, es decir que se siente demasiado pequeño para la tarea que se le encarga. Lo mismo había dicho el profeta Isaías: “soy un hombre de labios impuros y vivo entre un pueblo de labios impuros” (Is 6,5). Y lo mismo Gedeón: “mi familia es la más pobre de Manasés y yo el último en la casa de mi padre” (Jue 6,15).

Pero Dios responde a esas excusas con una palabra fuerte: “NO TENGAS MIEDO. YO ESTARE CONTIGO” (Jer 1,8; Jue 6, 16; Lc 1, 30)

Estas palabras son la promesa y la garantía del socorro infalible de Dios. Por eso son palabras que dan una seguridad y una valentía muy superior a todo lo que los hombres podemos pensar o decir.

Además, Para dar más fuerza en esta confianza, Dios añade lo siguiente: “Mira, yo pongo mis palabras en tu boca”. Se trata pues, de que el profeta va a comunicar una palabra que no es humana, sino la palabra misma de Dios. Ahora bien, por la Biblia sabemos que la palabra de Dios es eficaz, porque es una palabra dotada de una fuerza tal que realiza lo que dice. Por eso, en los relatos del libro del Génesis, cuando se cuentan los orígenes del mundo y de la vida, se hace notar esta unidad entre la palabra, que dice, y el efecto, que se produce: “Dijo Dios... y así fue” (Gn 1, 3.6.9.11.etc).

Y todavía algo interesante: las palabras que Dios le dice al profeta, cuando le anuncia que él le pone sus palabras en la boca del propio profeta, son una fórmula que se utilizaba para la coronación de los reyes en los pueblos del oriente antiguamente. De esa manera lo que en realidad se quiere expresar es que Dios le entrega su autoridad al profeta. He ahí la grandeza de un destino, en la pequeñez de una vida, como la vida de un muchachito, como la vida del más pequeño en la casa del padre de familia. Es el contraste impresionante de lo que, en verdad, representa un profeta.

Por último, queda un punto por explicar: las palabras de Dios cuando dice que “antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré y te nombre profeta”. En realidad, ¿qué es lo que quiere decir Dios con esas palabras? Se refiere a que la misión del profeta llega hasta el fondo de su existencia, hasta el fondo más profundo de su vida. Es decir, la vida entera del profeta queda destinada a su misión y a su tarea. No se trata de que el profeta dirá lo que tenga que decir en determinados momentos y el resto del tiempo él llevará su vida particular y privada. Nada de eso. El hombre entero es asumido por Dios y es destinado a la misión que se le confía. Todo el hombre y todo el tiempo de ese hombre. Lo cual quiere decir que la misión profética abarca a la persona entera, a la vida entera, a la totalidad del tiempo y del quehacer.

Por otra parte, todo esto nos viene a decir que la misión profética y la palabra de Dios llega hasta la profundidad de lo humano. De tal manera que se puede decir que cuanto más de Dios es la palabra y la tarea, más humana es, más encarnada en la vida, más metida hasta los últimos repliegues de la existencia de una persona. Que es justamente lo que le pasó a Jeremías en su propia vida. Se sabe, en efecto, que la tarea de profeta le llev6 a situaciones muy duras y delicadas: se quedó soltero, porque vela claro que aquellos eran tiempos que pedían no instalarse en una familia porque estaba en peligro la vida del país y todos estaban amenazados con la deportación y el exilio. Además, el propio Jeremías fue amenazado de muerte por el rey, lo metieron en la cárcel y hasta decidieron ejecutarlo, pero un hombre le salvó la vida. Y por si todo eso era poco, su libro fue quemado por el rey, y al final los campesinos pobres se lo llevaron a Egipto, en donde finalmente se pierde todo rastro de su persona y de su vida. Así es como vive un profeta. Y así es corno termina.

PREGUNTAS

1. Según afirma el apóstol Pedro, todos los cristianos estamos llamados a ser profetas (Act 2,17; Jl 3,1-2). Según eso, ¿qué enseñanzas se deducen de este tema para la vida de los cristianos?

2. ¿Qué relación tiene que darse entre las palabras que dice el profeta y la vida que lleva el mismo profeta?

3. ¿Por qué suele suceder que los verdaderos profetas son los que dicen lo que a la gente no le gusta oír?

4. A tu manera de ver, ¿dónde está el secreto de la fuerza que tiene un profeta de Dios?

5. ¿Crees que son un obstáculo insuperable tus propias limitaciones para poder cumplir una verdadera vocación profética?



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LOS PROFETAS

TEMA 04

LA RELIGION Y LA VIDA

ASI TENDRIA QUE SER

Con bastante frecuencia ocurre que la religión es una cosa que tiene poco que ver con la vida. Porque hay mucha gente que no suele vivir de acuerdo con lo que dice y manda la religión. Y sin embargo, las cosas no deberían ser así. Porque la fe en Jesús, el Señor, nos tiene que empujar a vivir de una manera determinada: vivir de acuerdo con la fe. De tal manera que la fe en Jesús se tiene que traducir y reflejar en una forma concreta de vivir. Eso justamente es lo que intentan hacer ahora bastantes comunidades cristianas populares, que son grupos pequeños de personas, que quieren vivir su fe en común con otros, es decir no aisladamente, sino en grupo. A esta gente se les nota enseguida, por su manera de vivir, que son creyentes: es un estilo de vida sencillo, que busca estar de acuerdo con el Evangelio: un estilo que, poco a poco, crece y progresa en el conocimiento y el seguimiento de Jesús de Nazaret. Sin necesidad de hacer cosas extraordinarias y menos aún cosas raras. El secreto de todo está en la vida de fe en grupo, en comunidad, mediante lo cual quieren expresar que los unos son para los otros, y que entre todos hay una profunda solidaridad. Porque eso es lo que nos enseñó Jesús y lo que la fe nos exige.

Y ASI VIVIA ISRAEL

Pues bien, lo que acabamos de decir de los cristianos, se puede decir también del pueblo de Israel en sus primeros tiempos. Por eso, era un pueblo que vivía de manera muy distinta a como vivían los pueblos vecinos de aquel entonces. Y vivía de manera distinta, porque aquel pueblo había experimentado que su Dios era distinto de todos los demás dioses, los dioses de los otros pueblos. Yahvé, el Dios de Israel, había sacado al pueblo de Egipto, es decir lo había sacado de la esclavitud, y lo había hecho un pueblo de hombres libres. De ahí que la característica principal de aquel pueblo era la liberación. Y eso quiere decir que es perfectamente posible una vida de hombres libres, no sometidos a nada ni a nadie.

Por otra parte, esta liberación se expresaba en un proyecto: la conquista de la "tierra prometida". Lo cual quiere decir lo siguiente: cuando salieron de Egipto, los israelitas eran un pueblo de peregrinos, que iban por el desierto, sin tener ni una tierra fija, ni una casa propia. Pero finalmente llegaron a la tierra de Canaan, en la que de instalaron y se pusieron a vivir. Pero no en las ciudades, sino solamente en los campos. Este hecho de ponerse a vivir en aquella tierra, fue interpretado por los israelitas como un regalo de Dios que les había hecho a ellos. De tal manera que todos estaban convencidos de que el verdadero dueño de la tierra era Dios y ellos meramente los que cultivaban la tierra para vivir de ella. Y por eso, en el pueblo de Israel, la religión y la vida estaban tan profundamente unidas y, en el fondo, eran una misma cosa. Además, de esa manera, todos los miembros del pueblo vivían de una forma muy directa y sencilla la presencia de Dios en sus propias vidas y hasta en su trabajo de todos los días.

De acuerdo con esta manera de entender las cosas, cada año, al ofrecer los primeros frutos de esta tierra a su verdadero dueño el Señor Yahvé, cada miembro del pueblo de Israel volvía a expresar las gracias a Dios por la tierra que disfrutaba (cf. Dt 26,5-9). Por eso, para un israelita no era posible vender aquella tierra, porque eso sería como vender la salvación y hasta los derechos de un ciudadano del pueblo escogido por Dios. Y si ocurría que, en algunos casos, había personas que perdían sus tierras, por deudas o por mala administración, cada cincuenta años se hacía un nuevo reparto de todas las tierras, que volvían a sus primeros cultivadores, porque así lo mandaba la ley de Yahvé (Lv 25,23ss)

La consecuencia lógica de todo esto es que el pueblo de Israel tenía una forma y un estilo de vida muy distinto, quizás completamente distinto, al de los demás pueblos de aquel entonces. Era un pueblo en el que no había ni ricos ni pobres, en el que todos tenían lo suficiente, en el que nadie sufría de miseria, en el que todos se ayudaban mutuamente, sobre todo cuando los hombres tenían que ir a la guerra en defensa de su propio pueblo. Y cuando alguien faltaba contra esta forma de convivencia, la sentencia no era un castigo pedagógico para asustar a los demás, sino que todo consistía en reparar el daño causado. La justicia era impartida por los hombres más respetables (los ancianos) a la Puerta de cada poblado, de tal manera que ni siquiera el rey tenía poder de pronunciar sentencias. En resumen: toda esta serie de hechos demuestra que en el pueblo de Israel se daba una convivencia sencilla y fraternal. Algo parecido al ideal de vida que ahora profesan los grupos de cristianos comprometidos, de los que hemos hablado al principio. Y es que, en el fondo, la vida y la fe estaban profundamente unidas. De tal manera que hasta el pequeño trozo de tierra, que cada cual cultivaba, era su forma concreta de vivir la propia fe en Dios.

HASTA QUE SE ESTROPEO EL INVENTO

Pero con el paso del tiempo, esta forma de vivir empezó a corromperse y estropearse. Porque llegó el día en que los israelitas no se contentaron con vivir en los campos, según su primitiva forma de vida, y empezaron a pelear y conquistar las ciudades más grandes. Con lo que aumentó la ambición por tener más y más. Por otra parte, en las grandes ciudades (habitadas por los cananeos), encontraron más riqueza, más cultura y todo un sistema organizativo más complejo que el. que ellos teílan, hasta incluso en los cultos religiosos. Y así pasó lo que tenía que pasar: impresionados los israelitas por aquella grandeza y aquella superioridad de los cananeos, se pusieron a imitar todo lo que veían en aquella gente. Y así traicionaron su ideal religioso y su primitivo estilo de vida.

Y es entonces cuando aparecen los profetas en el pueblo de Israel. Es decir, entonces aparecen los enviados de Dios que le dicen al pueblo lo que está mal y en lo que está fallando. Pero esto necesita alguna explicación. Por supuesto, los profetas no pretendían decirle a la gente que la única forma de vida debía de ser la vida en el campo, es decir la vida sencilla y primitiva de los primeros tiempos. Es claro que, al pasar del campo a las ciudades, tenían que adaptar su vida a las nuevas condiciones. Pero debían hacer eso de acuerdo con su fe y con las exigencias de Yahvé su Dios. Pero los israelitas no hicieron eso, sino que se pusieron a imitar a la gente del pueblo cananeo en todo: había más lujo, más ambici6n, más riquezas. Y además lo que fallaban en su forma de vivir, lo querían suplir mediante un culto religiosos más solemne y más pomposo, que es lo que habían aprendido de los cananeos.

Así, poco a poco, los israelitas que vivían en las ciudades, vivían casi lo mismo que los cananeos y solamente se distinguían de ellos en que conservaban el nombre de su Dios, Yahvé. Mientras que los israelitas que vivían en los campos, seguían conservando su forma sencilla de vida primitiva. Pero estos eran explotados por los ricos terratenientes de las ciudades. El choque entre estas dos formas de vida se ve muy bien reflejado en la leyenda de la viña de Nabot.

LA VIÑA DE NABOT

Esta leyenda se cuenta en el capitulo 21 del primer libro de los Reyes. Aquí nos vamos a limitar a recordar las cosas más importantes. Dice así el texto de la Biblia:

“Después de estos sucesos ocurrió que un tal Nabot, de Israel, tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaria. Y Ajab le dijo a Nabot: Dame tu viña para que me sirva de huerto para hortalizas, pues está pegando a. mi casa, y yo te daré por ella una viña mejor que ésta; o si parece bien a tus ojos, te daré su precio en dinero. Respondió Nabot: Líbreme Yahve de darte la herencia de m is padres” (1Re 21,1-3).

Aquí se ve claramente que "la herencia de los padres" de Nabot era la "Tierra de Yahvé", con todo lo que eso representaba de dones de salvación y sus derechos de ser ciudadanos del pueblo escogido por Dios. Lo cual quiere decir que, para este Nabot, cultivar aquella tierra era su forma concreta de vivir la propia fe y el culto a Yahvé su Dios. Por el contrario, todo esto ya no significaba nada para el rey, que más bien pretendía compaginar y armonizar la fe en Yahvéh con la religión de los cananeos. Por eso mismo, aquel rey se casó con una princesa pagana (que no era de religión judía) una tal Jezabel, de la ciudad de Tyro.

Así se comprende la conversación que un día tuvieron el rey y la reina a propósito de la viña de Nabot. Ajab el rey le cuenta así a su mujer la contestación de Nabot: "No te daré mí viña". (1Re 21,6) Pero eso no es lo que había contestado Nabot, sino que lo que le había dicho era: "Líbreme Yahvéh de darte la herencia de mis padres". Se ve, pues, que para Nabot, todo aquello era un asunto de fe, mientras que para el rey Ajab era una cuestión de simple negocio, y para la reina Jezabel lo que estaba en juego era la autoridad del rey, porque dice: ¿No eres tú el- que ejerce la realeza en Israel?". (1Re 21,7). Con estas palabras, la reina pagana y extranjera manifiesta lo que ella pensaba sobre eso de ser rey: ejercer el poder y la dominación como un tirano que hace lo que le da la gana. Por eso, la reina no paró de intrigar, hasta que consiguió que mataran a Nabot. Y así el rey se quedó con la viña: "Apenas oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a la viña de Nabot, para tomar posesión de ella" (1Re 21,16)

De esta manera, aquel rey daba a entender que su corazón ya no estaba con Yahvéh su Dios, sino que vivía como los que no tienen fe. Porque según las costumbres paganas de los cananeos, el terreno de uno que había muerto ejecutado pasaba a ser propiedad del mismo rey. Pero según las leyes religiosas de Israel, ese terreno se tenía que devolver al pueblo, porque era como la herencia que tenía el propio pueblo, una herencia recibida de Dios.

Pues bien, estando así las cosas, aparece un gran profeta, que se llamaba Elías, y que como hombre de Dios no tenia pelos en la lengua. La conversación entre el rey y el profeta es corta: "Ajab dijo a Elías: "has vuelto a encontrarme, enemigo mío". Respondió Elías: Te he vuelto a encontrar porque te has vendido para hacer el mal a los ojos de Yahvéh" (1Re 21,20)

El rey es acusado de estar corrompido y de traicionar su fe. Aquel rey había visto en la viña un puro negocio y por eso es acusado de su maldad mediante una expresión comercial: "Te has vendido".

Con esas palabras, el profeta dice todo lo que tenía que decir: el Dios de aquel rey era el dinero, el comercio, la posesión de la tierra. Así es como piensa Dios en todo este asunto. Y sabemos que la mirada de Dios va hasta el fondo de las cosas. Eso justamente es lo que manifiesta el "hombre de Dios", el profeta.

Pero hay otra cosa, en todo este asunto, que merece nuestra atención. El rey Ajab no sólo pecó por la cuestión del negocio y del dinero, sino que además demostró tener una idea terrible de la autoridad y el mando. Porque, según la fe religiosa de Israel, solamente Dios era quien podía disponer de las tierras y su posesión. Pero aquí resulta que el rey quiere atribuirse los derechos de Dios y la autoridad y el poder de Dios. Es lo propio de todos los tiranos y poderosos, que abusan de su poder y su dominio sobre los demás.

LA GRAN SABIDURIA DEL PROFETA

En esta historia de la viña de Nabot, se ve de qué manera un profeta descubre, en la forma de vida de una persona, hasta dónde llega la fe de esa persona. En realidad, en la historia de la viña, el rey representa a todo el pueblo. Por eso, el profeta Elías le dice al rey: "Yo mismo voy a traer el mal sobre ti... por haber hecho pecar al pueblo de Israel" (1Re 21,22),

Todo esto nos viene a decir lo siguiente: la forma y el estilo de vida, es decir la convivencia que se demuestra en actuaciones concretas con los demás, es un reflejo del concepto de Dios y de la fe en Dios que tiene cada cual. En realidad, el Dios del rey Ajab no era Yahvéh, sino que era el dinero y la autoridad, la posesión de la tierra y el poder. Por lo tanto, aquel rey había roto con Dios. Y eso es lo que se ve en su forma concreta de entender y practicar las relaciones con los demás y su propia postura con relación a los otros.

He aquí la gran sabiduría del profeta, el hombre de Dios. Es el hombre que tiene tal experiencia de Dios, que sabe llegar hasta el fondo de la vida y de las situaciones. Porque ve con los ojos de Dios. Y por eso el profeta es el hombre que sabe interpretar el compromiso y la calidad de la fe de cada uno, precisamente por la forma concreta de vivir de la persona en cuestión.

PREGUNTAS

1. ¿Por qué existe una unidad tan fuerte entre la forma de vida y la fe en Dios?

2. ¿Qué te dice todo esto a tu propia forma de vida? ¿Tiene que cambiar en algo importante? ¿Por qué?

3. ¿Qué es lo que hace falta para enjuiciar la fe de una persona?

4. ¿Crees que en la Iglesia actual hay algo parecido a lo que pasaba en los tiempos del rey Ajab?

5. ¿Recuerdas algunos textos de los evangelios que tengan que ver con todo lo que has visto en este tema?



TEOLOGIA POPULAR

Granada. España

LOS PROFETAS

TEMA 05

LO QUE DIOS QUIERE…

En el asunto de Dios, hay para todos los gustos. Porque hay quienes se imaginan a Dios como un padrazo bonachón y tranquilo, incapaz de castigar a nadie; mientras que, por el contrario, hay otras personas que se figuran que Dios es un ser terrible, que castiga a los malos y a los buenos también como se descuiden.. Por otra parte, de acuerdo con la propia imagen de Dios, que cada cual tiene, así es también la idea que cada uno se hace sobre lo que Dios quiere. Para unos, Dios exige muchísimo, mientras que para otros, Dios no se mete en nada, de tal manera que todo está permitido. ¿Qué pensar sobre todo este asunto? O dicho más claramente: ¿qué es lo que quiere Dios verdaderamente de nosotros? ¿Qué nos pueden decir los profetas sobre esta cuestión? Estas son las preguntas que vamos a intentar responder en este tema.

LO QUE DICE EL PROFETA OSEAS

Un día, Dios le dijo al profeta Oseas lo siguiente: "Yo soy el Señor, Dios tuyo desde Egipto; no reconocerás a otro Dios que a mí, ni tendrás otro Salvador fuera de mí. Yo te escogí en el desierto, en tierra árida. Cuando pacían y se hartaban, se hartaban y se engreía su coraz6n y así se olvidaban de mí" (Os 13,4-6; cf. Is 45,5-6)

A primera vista, puede hacer la impresión de que, en este texto del profeta Oseas, se presenta a Dios de una manera que resulta bastante desagradable. Porque parece que aquí se habla de un Dios celoso, que excluye a cualquier otro ser que le podría h