Hay dos grandes corrientes que confluyen desde hace años en liberar a la naturaleza y al hombre: la corriente ecológica y la teología de la liberación.
La ecología, vista su triple dimensión (mental, social y ambiental), captó enseguida que el desarrollo insdustrial producía unos efectos que amenazaban a los ecosistemas y a la tierra en su conjunto. He subrrayado cómo ha ido surgiendo una nueva visión y una nueva conciencia: el ser humano está encontrando su camino de vuelta a la casa común.
A la agresión ecológica, la teología de liberación ha añadido la agresión no menos fuerte y profunda del pobre. Pero el pobre y el oprimido son miembros de la naturaleza, y las agresiones de que son objeto resultan agresiones a la naturaleza, dentro de la cosmología holística.
La opción por los pobres es el núcleo de la Teología de la Liberación. Ante el hecho de los empobrecidos surge espontánea la indignación profética y el compromiso por estudiar las causas de ese empobrecimiento y ponerle remedio.
En este contexto, los seres más amenazados de la creación no son las ballenas, sino los pobres, condenados a morir prematuramente. La Teología de la Liberación parte de la ecología social, para, desde ella, desde la justicia social, llegar a una nueva alianza de los seres humanos con los demás seres. La Tierra también clama bajo la máquina depredadora de nuestro modelo de sociedad y desarrollo.
La liberación, para ser operativa, tiene que hacerse desde este marco sociopolítico y cosmológico. Todos deben ser liberados, pues todos estamos bajo un paradigma que nos esclaviza, el del maltrato de la tierra, el consumismo, la negación de la alteridad y del valor intrinseco de cada ser. ¿En qué medida Occidente, con su tecnociencia y cultura, y con su cristianismo, con su bagaje espiritual, garantiza un futuro colectivo?.
El reto está en que los seres humanos se entiendan como una gran familia terrena junto con otras especies y redescubran su camino de vuelta a la comunidad de los demás seres vivientes, la comunidad planetaria y la cósmica.
Los seres humanos debemos sentirnos hijos e hijas del arco iris, mediante relaciones nuevas de benevolencia, compasión, solidaridad cósmica, y una profunda veneración por el misterio que cada cual porta y revela.


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