El encuentro sexual está unido a uno de los placeres más intensos del que el ser humano pueda gozar. El orgasmo no es el fin, sino la consecuencia de la relación corporal amorosa.
Es la experiencia del placer del encuentro, cuyo fruto es "dilatarse el corazón".
El adulto, gracias al placer procurado por el acto sexual, podrá volver a experimentar su florecimiento en plenitud y también su integridad, su fecundidad y su abandono en manos del alborozo, sin temer destruir al otro o ser destruido por el otro.
El placer sexual, en su verdad, es de hecho el único de los placeres de los que disfruta el ser humano que para existir, le impone salir de sí mismo. Sólo el hombre hace el amor, los animales se acoplan; la diferencia de términos indica que no existe gozo pleno y verdadero si todo el ser no se dona, se da, se trasvasa en el otro, en un júbilo que es, antes que nada, comunicación entre personas.
En el goce sexual vivido en el amor, el pasado, el presente y el futuro se funden en un momento atemporal que, en su unicidad, se asoma al infinito; ningún otro placer dado al hombre está en grado de llevarlo más allá del propio espacio corporal y más allá del momento que está viviendo. En el orgasmo surgido del amor, el espacio y el tiempo se disuelven y el hombre roza el infinito, se ve llevando, empujado hasta el umbral de su propia trascendencia. Y surge la gratitud, amenudo acompañada de un llanto que expresa lo que las pobres palabras nunca sabrían decir...Y se transforma en creatividad...La creencia del placer. La inmensa necesidad de devolver a los demás algo de la plenitud recibida de Dios, por eso la gratuidad del placer recibido se transforma en fuerza profunda que empuja ulteriormente a salir de uno mismo, hacia el otro, hacia todos los demás, hacia todo el mundo.
El amor entre dos seres, dos cuerpos, dos cuerpos que se abrazan y se penetran podriamos preguntarnos ¿Qué hay de más preciso que el orgasmo?.