Es tan incesante la producción de maravillas a lo largo y a lo ancho del planeta y nos enteramos tan rápidamente de ellas que casi estamos anestesiados por la costumbre ante las fantásticas novedades que nos traen la ciencia y la tecnología.

Por eso tomamos como "natural" algo tan artificial como que ya graves enfermedades hereditarias se traten antes de que se manifiesten. Algo que, seguro, hubiera dejado pasmado, cuando no incrédulo, a cualquiera de nuestros bisabuelos.

Hace poco se supo que un equipo científico en EE.UU. logró, a través de un chip de 16 milímetros cuadrados implantado en la zona exterior del cerebro, que dos personas tetrapléjicas pudieran manejar una computadora a través del pensamiento.

Matthew Nagle, de 25 años, sobrelleva una parálisis casi completa y mediante un entrenamiento mental aprendió -chip mediante- a abrir su correo electrónico, a dibujar en la computadora y a entretenerse con videojuegos. Todo lo hizo con "instrucciones" que emitía desde su cerebro -en realidad, impulsos eléctricos- y eran procesadas por el aparatito. Digamos que si no se trata estrictamente de un milagro, se le parece bastante.

Sin embargo, semejante hazaña no sorprende a una sociedad global que ha cambiado tanto en los últimos 70 u 80 años, que seguramente ningún adulto de entonces hoy sería capaz de reconocerla y, menos, habituarse a ella.

Lo paradójico es lo poco que hemos cambiado nosotros. Si miramos el ciertas prácticas políticas, económicas y sociales, no andamos lejos de la injusticia y la bárbara inequidad del pasado. El clientelismo político, por ejemplo, parece intacto desde los tiempos que le sirvió de trampolín a César.

Porque seguimos siendo los mismos, en las obras de casi todos los clásicos -desde Esquilo hasta Shakespeare- podemos reconocer la geografía de nuestras pasiones. Son las mismas que temía Marco Aurelio, padecía Catulo y cantaba, sublime, Homero.

Por obra del hombre el mundo ha cambiado su rostro drásticamente. Pero el autor de estas trascendencias es, la mayor de las veces, tan salvaje como sus predecesores.

El filósofo Lichtenberg exigía: "Esfuérzate por no estar debajo de tu época". No pareciera ser el caso.

Fuente: Clarín