Es muy frecuente ver cómo muchas personas quedan detenidas en su progreso espiritual por muchos obstáculos que no dependen directamente del mayor o menor interés del sacerdote que los confiesa, ni de la mayor o menor voluntad del fiel que se arrodilla ante un confesionario.
Hay muchos casos en los que esta buena voluntad parece evidente, no faltan auténticos deseos de progresar y propósitos sinceros de cumplir todas las indicaciones recibidas, pero, a pesar de todo esto, el alma no avanza, cae y vuelve a caer en las mismas cosas, se enquista en los mismos escrúpulos y llega un momento en que se para, o claramente retrocede. En estos casos, se deberan hacer los sacerdotes esta pregunta: ¿Nos encontramos ante una persona normal? ¿No se tratará de un enfermo mental?...Y en ese caso ¿No convendría intentar primeramente su curación, normalizar su personalidad y sus reacciones, para poder después construir con firmeza el edificio derrumbado?
Otras veces, la mayor parte de ellas, no es el retroceso en la vida espiritual, sino la aparición de determinados síntomas, lo que hace sospechar al sacerdote que se encuentra ante un enfermo mental. Además estas personas sufren horriblemente, tiene fijación con las personas, con los "pecados" y en ese caso la misión del sacerdote es consolar y mitigar ese sufrimiento de los hombres, especialmente cuando dicho dolor tiene su origen en una deformación de su conciencia, en un concepto del falso pecado, de la Justicia de Dios, o d eotros muchos aspectos de la vida religiosa. Así, a ciertos neuróticos, que por otra parte sienten gusto por la vida espiritual, y que son capaces de sentir gran caridad para con Dios y para con el prójimo, y que incluso acostumbran a imponerse con frecuencia heroicos sacrificios con ansias de reparación o de inmolación, se les ve caer en una serie de pecados que les causan crueles sufrimientos, a pesar de seguir todos los consejos del confesor y de echar mano de todos los medios naturales y sobrenaturales que tienen a su alcance; frecuencia de sacramentos, mortificación, oración...etc.
Si estas personas no están bien dirigidas pueden caer en la desesperación más absoluta. Agrava su drama interior la clara noción que tienen acerca de la malicia, objetiva de sus pecados. Saben que aquella acción que cometieron era "muy mala", masturbaciones, busqueda de prostitución, boyerismo, etc...y que, a pesar de todo, no la rechazaron, de lo cual deducen esta lógica consecuencia: SOY CULPABLE. Del sentimiento de culpabilidad y de la comprobación de la inutilidad de todos los esfuerzos, que sinceramente no han regateado, no queda largo trecho para caer en la desesperación y el abandono.
El sacerdote debe tratar de ayudarle, no de hundirlo, pero la experiencia nos dice que no basta con la buena voluntad del confesor, ni el sentido común; sabe que muchas veces, consejos sabios y abundantes, que tranquilizarían a una persona normal, producen en estos enfermos el efecto contrario, y que con ellos no solo no se ha curado el mal, sino que lo han agravado o en el mejor de los casos el neurótico/a le toma odio al confesor.
De ahí que los sacerdotes deben pasar constantemente por las universidades y escuelas de teología para tener una puesta a punto y una renovación para su forma de actuar, un reciclaje efectivo.
No son raras las veces que se descubre, en muchos de estos enfermos neuróticos, una mala formación en su niñez, debido a un claro desconocimiento de la psicología humana por parte de sacerdotes que fueron educadores y que los obligaban de una manera especial a asimilar las enseñanzas equivocadas y a practicarlas. Sin indagar por ahora si son exageradas mis palabras o no, hay un hecho incontrovertible en los conflictos psicológicos en la niñez, causados por uan defectuosa forma de educación religiosa, que influyen en el brote o por lo menos en el desarrrollo d elos trastornos neuróticos.
En algunos sistemas de educación religiosa se tiende a crear, y con verdadero esfuerzo, una serie de fobias en el educando de extremada violencia, basándose en un miedo irracional, en un desconocimiento natural del equilibrio natural.
Una educación excesivamente protectiva es normal que engendren en el futuro a un adulto neurótico. Los conflictos de la pubertad, si no se resuelven bien traeran una serie de futuros escrúpulos, que incluso llegan a abominar de su propio cuerpo y creen que es pecado lavarse las zonas genitales o tocárselos algún profesional de la medicina.
Una educación religiosa demasiado rigurosa conduce también a ideas escrupulosas, especialmente con la educación moral exagerada y totalmente falsa. Aquí podríamos recordar las horripilantes historias con que ciertos predicadores y padres, incluidos maestros de centros educativos, que acoquinan a sus adoctrinados para que se porten bien.