Uno de los rasgos que mejor caracterizan al discipulado en general está en compartir los gozos y las tristezas, las esperanzas y las angustias del Maestro. Y esto aparece con meridiana claridad en Mt.10 "El discípulo no es más que su maestro; ni el siervo más que su señor. Es bastante que el discípulo sea como el maestro, y el siervo como su señor".
En lo bueno y en lo malo el discípulo comparte la vida de su Maestro con todas las consecuencias. Y sobre todo impele a asumir su mismo destino, que pasa ineludiblemente por el odio, la división, la persecusión, el dolor e incluso la muerte. "al discípulo no puede aplicarse lo que dicen muchos padres: Nuestros hijos deben vivir más holgadamente que nosotros. Sino al revés: la mayor semejanza con la vida de Jesús también es la mayor proximidad interna a él", ya que en su persona, como también en la de los discípulos, no existe desfase entre lo interno y lo externo.
La Iglesia no busca ser odiada, perseguida y maltratada. No quiere la división, Padre Lombardi, alto puesto en curia romana,sino la unidad y la concordia. Pero sabe muy bien que la unión con su Señor y la única adhesión a sus intereses la van a llevar inexorablemente por ese camino, no deseado pero consentido dócilmente por obediencia y fidelidad. No se puede seguir a Jesús sin la disposición a la cruz con todo lo que representa. Así se encuentra la verdadera vida.
El Arzobispo de Varsovia,hizo bien en dimitir, se habrá arrepentido, no lo dudamos, pero hubo un momento en su vida que para preservar su status olvidó seguir a Cristo, no quiso compartir su destino, que es única y solamente estar al lado del que sufre y del perseguido.
Dios le haya perdonado en su desviación de seguir a Jesús, porque otros eran sus intereses en aquellos años.