Parece evidente que Dios ha proyectado al hombre para que llegue a su plenitud.
El Universo es como una factoría cuyo producto final es lo humano, el hombre en si. Conseguir el HOMBRE, ese ser inteligente, reflexivo, libre, social, comunitario, dueño de su propio desarrollo, creador de su propia historia y dueño del espacio y el tiempo.
Para el creyente, la mejor obra de Dios es el HOMBRE.
Jesús, el Hombre de Nazaret, fue el prototipo, la culminación del diseño.
Jesús no fue un cristiano, era judío, no quiso fundar el cristianismo y mucho menos ninguna Iglesia, por mucho que se empeñen en decir lo contrario.
Los milagros (paralíticos, cojos, ciegos, leprosos, encorvados, endemoniados, etc) son signos evidentes de su acción liberadora con el expreso deseo de ayudar a conseguir la calidad del "producto" hombre.
Un hombre fracasado, es un fracaso de la factoria de su Padre. Un hombre sometido al sábado es un esclavo de la religión, y si es servidor de un templo es un ser humano sometido, sirviente de poderes inferiores a él.
Lo que llamamos "cristiano", "catolicismo" o "religión" de cualquier tipo habrán contribuido en mayor o menor grado al desarrollo del HOMBRE, pero no es lícito omitir que también fueron un engranaje más de esos grandes sistemas que, desde siempre, han pretendido someter al HOMBRE,. Cárceles mentales, con rejas de cánones y leyes, condenas y premios, ritos, hábitos y tradiciones cuyo producto final ha sido, no pocas veces, creemos que casi siempre, un sucedaneo de lo humano, ha sido el proyecto de Dios descafeinado.
Los poderes cristianos han pretendido "mejorar" la obra de Dios, castrando al hombre. Y, como hicieron desde antiguo, todas las religiones construyeron un altar sobre el que moldear, domesticar, uniformar, controlar a los atrevidos, que ni más ni menos eran proyecto de Dios, un animal inteligente, libre, señor de sí mismo. Un riesgo demasiado audaz para ser asumido por los poderes de la tierra.