Yo os podría responder que los miembros de la Iglesia son los que se han sentido llamados por el Reino, los que los buscan, los que luchan por él sin violencia pero violentándose a sí mismos.
Estos "llamados" (de esta palabra deriva en griego la palabra Iglesia), sin dejar de buscarlo y buscar su justicia y paz total también lo anuncian. Los cristianos no nos anunciamos a nosotros mismos; no es nuestra misión defender a la Iglesia o imponerla o anunciarla, sino que hemos sido llamados para que este reinado de Dios, tan íntimo, tan personal, tan abierto al hombre por el solo hecho de ser hombre, poco importa su raza, sexo, credo, cultura o costumbre, crezca allí mismo donde ha nacido, donde está el germen como una semilla.
Maravillosa tarea la de ayudar a los pueblos a ser ellos mismos sin dejar de sentirse miembros de la gran patria humana.
Descubro así que la universalidad del Reino nada tiene que ver con las estadísticas que nos señalan los porcentajes de cristianos y los de otras religiones y los de sin religión. ¿Tan ridículos somos? ¿Acaso el Reino es menos reino porque los cristianos seamos 18 o el 50 por ciento, o menos del uno como sucedía en tiempos de Jesús?
Así pues, la pintoresca fiesta de los Reyes Magos (fiesta de derroche) que deberíamos llamar con propiedad Fiesta de la Epifanía, o sea, manifestación de Dios en el mundo, de pronto nos plantea tales interrogantes que bien pronto pone en tela de juicio todo esto que llamamos cristianismo o Iglesia, o comunidad cristiana. Que nadie nos diga: Tú no defiendes a la Iglesia, tú no la amas", cuando hoy como ayer el problema es ver si defendemos y amamos a ese hombre por quien Jesús murió en la cruz.
Sólo conozco una forma de amar a la Iglesia, y es preocupandome por la salvación de todos los hombres en forma global, olvidando todo asomo de prestigio, poder o brillo que no coincide con los que siguen a este rey que ridiculizó el ansia de dominar a los otros a tal extremo que, aún después de veinte siglos de empecinamiento, no hemos logrado bajarlo de la cruz...¡Y con qué gusto lo haríamos!
¡Cómo nos cuesta comprender la universidalidad del Reino y su apertura sin fronteras a todos los hombres!
No acusemos a los cristianos del pasado del mismo pecado o error que seguimos cometiendo, quizás más sutilmente, pero no con menos crudeza. Hoy he descubierto algo importante: la Iglesia no es el fin, el objetivo de nuestra acción. El centro de lo que llamamos fe cristiana, acéptesela o no, es la instauración de un reinado de paz y justicia universales, expresión de la presencia de Dios tal como Jesús la anunció y la vivió.
Los cristianos nos hemos preocupado demasiado por nosotros mismos, quiero decir por nuestros intereses. Hoy descubro que Dios no es blanco ni negro, occidental ni oriental, varón o mujer. Sus reinos trasciende tan miopes distinciones, como las del nacionalismo o las del credo y cuantas barreras más los hombres hemos levantado para no tener que ver más allá...y autoconvencernos de que el mundo termina donde termina nuestra mirada.
¿Qué futuro le espera al cristianismo si es capaz de comprender todo el alcance del capítulo segundo de Mateo?...Me fascina pensarlo...intuirlo...
¿Qué futuro le espera al cristianismo si nos empecinamos en encerrar a Dios dentro de nuestras paredes?....Me está aterrando ver los templos vacios y con personas mayores de cincuenta años.
Señor...pequeño diocesillo,
que destruyes en Belén todos nuestros esquemas,
hoy quisiera hacerte una oración.
Te busqué en unas tierras cristianas y no te encontré.
Ví tus señales, carteles y cruces
pero no me supieron mostrar tu paradero.
Se que te has ido lejos,
que hace mucho tiempo
cruzaste cladestinamente
nuestras fronteras con pasaporte falso
para que no te apresaran;
se que estás oculto pero cercano
a los que tienen hambre
o viven sin nombre o sin dignidad.
Quizá...tal vez...sabiendo tú
que vengo de occidente
ya ni me quieras escuchar.
Y tienes razón....
estas cansado de nuestras mentiras.
Solo quiero pedirte que vuelvas.