Siempre me llamó la atención "La Cartuja", no solamente como fábrica de lozas, sino como edificio y suelo rústico colindante. Ya de mayor me he preocupado de estudiar las vicisitudes por las que aquel cenobio pasó durante su andadura.
En Sevilla existieron entre los cincuenta conventos, el célebre monasterio de La Cartuja de Santa María de las Cuevas, que a extramuros fundó y dotó generosamente el Arzobispo Gonzalo de Mena.
En el año 1399, el ilustre prelado que aludido, pensó en erigir la cartuja y las obras comenzaron en el año 1400. La Cartuja recibió numerosas dotaciones papales como podemos ver en diversos documentos que conserva la orden de los cartujos, así como privilegios otorgados por diversas bulas y no menos privilegios otorgados también por muchos eclesiásticos y la realeza tanto españolas como portuguesas.
La reina doña Isabel la Católica, en unión de Fernando, su esposo, también confirmó y amplio el privilegio real de libertades y franquezas, como el poder comprar el pescado que necesitara para su mantenimiento ante que los demás ciudadanos y donde quiera que lo encontrara.
El rey don Manuel II, el Grande o el Afortunado, de Portugal, por medio de su cédula, expedida en Lisboa el 1 de Junio de 1504, hizo gracia y merced a la Cartuja de Sevilla de veinte quintales de atún cada año de las almadrabas de los Algarbes.
La reina doña Juana la Loca, estando en Burgos el 30 de Mayo de 1508, confirmó los referidos privilegios y que amplió su madre doña Isabel.
Y como no podía ser de otra forma, al cenobio trianero, Sevilla le otorgó privilegios el 29 de septiembre de 1402, le perdonó el cabildo secular la cantidad de 50.000 maravedíes que los monjes debían, cuya suma era muy importante en aquel tiempo.
Aunque la construcción comenzó con todos los parabienes, pronto
quedó interrumpida porque el Infante don Fernando de Antequera se incautó de todo, pero una vez rehechos los monjes de tal adversidad se apresuraron a conceder el patronato con derecho de entierro de Per Afán de Ribera y sus descendiente a cambio de fabricar la iglesia principal, que hoy en día podemos contemplar y de asignar cierta renta perpetua de trigo, cebada, vino y aceite.
Las obras comenzaron en 1410 y terminaron en 1419 y en el año 1429 su Iglesia bendecida.
La Cartuja tuvo un importante patrimonio artístico de incalculable valor, una muestra de ello fue que en el año 1526, los monjes recibieron con complacencia y como prenda del Real Decreto de Carlos V, el oratorio portátil del Emperador, una obra original de Alberto Durero y que fue ornato principal de la sacristía.
En otro post ya quedó patente que algunos trianeros hicieron donación de sus fortunas a los conventos y monasterios y a la Cartuja de Triana no le faltaron recursos por parte de estos donantes.
El día 15 de Febrero de 1419, Pedro Sánchez de Castro, vecino de Sevilla, ilustre antepasado del que esto escribe, legó 150 doblas de oro para que los monjes cartujos rogasen a Dios por él. En 1421 el canónigo Alfonso García donó al monasterio unas casas en Triana. Isabel Fernández, viuda de Alfonso López de Paterna, le hizo donación de otras casas junto al Castillo de Triana embrión del barrio. Juan Fernández de los Ríos, donó, en unión de su esposa Catalina García, tres casas en distintos sitios de Sevilla, tres tablas de carnicería y la tercera parte de la isleta que había junto al puente de barcas o de Triana y en 1427 doña Teresa González de Medina, viuda de Juan Fernández de la Quadra, jurado de Sevilla, acabó por declarar a la Cartuja heredera universal de todos sus bienes. Y así podríamos seguir con interminables donaciones que al monasterio trianero llegaban constantemente.
Pero también el objeto de este trabajo es para recuperar la memoria de los trianeros en cuanto al terreno que circundaba al monasterio, que llegó a ser una propiedad importante.
Un devoto, de nombre Alonso García Cano, canónigo de san Salvador, legó algunas tierras en el término de Gambogaz.
Ruy Díaz de Quadros, veinticuatro de Sevilla, en el año 1461 donó, al monasterio toda la hacienda que tenía en Gambogaz.
El 19 de Junio de 1468, Martín Yánez y su mujer, que eran muy devotos de la Cartuja, donaron una viña en términos de Gambogaz.
Otro bienhechor, llamado Juan Alfonso y su mujer Juana Ruíz, donaron en 1472, diez suertes de tierras labrantías y seis de viñas en el término de Gambogaz, y después el mismo devoto legó a la Cartuja dos pedazos de tierra junto al Monasterio y además dos pequeños tributos.
Como podemos ver no solo artísticamente tuvo la Cartuja un patrimonio incalculable, también un patrimonio rústico alrededor del Monasterio de incalculable valor y que le proporcionaba a los monjes su forma de subsistencia.
Los avatares de tal patrimonio fueron muy movidos y comenzaron con los disturbios revolucionarios del siglo XIX, que finalizaron con la comunidad monástica y sus bienes revertieron en las arcas nacionales y posteriormente en venta en pública subasta de las fincas que lo componían.
Durante el Trienio Liberal, 1820 y 1823, tuvo lugar unos de los procesos desamortizadores de acuerdo con la ley de 20 de agosto, por la que quedaban disueltas las órdenes monásticas y por lo tanto sus bienes pasaban al Estado, para posteriormente subastar, incluidas las tierras que pudiesen tener en propiedad las ordenes religiosas.
La finca rústica que rodeaba a La Cartuja fue adquirida en pública subasta (acto que no he podido comprobar), en el año 1822, por el banquero Vicente Beltrán de Lis, quién compró a través de don Antonio González en 6.700.000 reales, a pagar en tres plazos. Beltrán de Lis continuó disfrutando del cortijo hasta 1823, en que fueron declaradas nulas las enajenaciones llevadas a cabo durante el Trienio Liberal, por lo que el cortijo fue devuelto de nuevo a La Cartuja, cuya comunidad había regresado con anterioridad. En 1835, la ley Mendizábal, convalida las ventas de bienes nacionales llevadas a cabo durante el periodo de 1820 a 1823, volviendo de este modo a manos de Beltrán de Lis.
En el año 1849 el cortijo es vendido al duque de Montpesier, casado con la infanta hermana de doña Isabel II, por el precio de 9.000 ducados en metálico y 4.466.666 reales en títulos de deuda pública. El duque le hizo agregación del cortijo de san Luís y huerta de San Estanislao, lindantes con Gambogaz, que anteriormente había comprado en 630.000 reales.
El duque vendió el cortijo en 1851 a doña María Manuela Gutiérrez por 2.000.000 de reales en metálico.
El mismo año fallece la compradora y el cortijo es heredado por su hijo don Ignacio Vázquez Gutiérrez, uno de los personajes mas destacado de la historia local sevillana del siglo XIX. En manos de los descendientes de este señor Vázquez permaneció el cortijo hasta que, después de la guerra civil española, "el pueblo sevillano" ¿?, adquirió dicho cortijo para regalárselo, en muestra de agradecimiento, a otro personaje de la vida pública sevillana, al no menos famoso general Queipo de Llano, y en manos de su familia ha continuado hasta hoy. Parte de este terreno se convirtió en 1992, en sede de la Exposición Universal de Sevilla EXPO´92
En cuanto al edificio en sí del Monasterio quedó en manos industriales que lo convirtió en la famosa Fábrica de Lozas de La Cartuja, para posteriormente pasar a Santiponce por los eventos del 92.
Después de unos años de decadencia, la fábrica de loza ha estado a punto de cerrar sus puertas por la mala gestión de los distintos propietarios que la adquirieron...incluida Rumasa y otros especuladores.
Hoy la cartuja de Santa María de las Cuevas restaurada es sede de algunas delegaciones de la Junta de Andalucía y como sala de exposiciones de vanguardia.
Tambien hay que recordar que en La Cartuja de Sevilla, estuvo enterrado antes de ser traslado a Santo Domingo, Cristobal Colón, que posteriormente volvería a la Catedral de Sevilla, sin duda alguna por las pruebas de ADN efectuadas a su hijo enterrado en la Catedral y los restos en que se conservan en el monumento al almirante, descubridor del Nuevo Mundo.
Estas aportaciones tanto personales, como de terceros, eran muy común en los siglos mencionados, como al principio de este artículo se indica, bien por la piedad imperante o por el convencimiento que muchos tenían de tener asegurado un lugar en el cielo, de tal forma que algunos conventos y monasterios, llegaron a tener un cuantioso patrimonio, tanto en caudales, como en tierras de labor y casas y llegaron a ser los mayores propietarios de Sevilla.

A finales de la década de los años 20, y en puertas de la Exposición Iberoamericana, el escultor Manuel Delgado Brackembury recibe el encargo de realizar una fuente para ser instalada en la Puerta de Jerez (Fuente de Híspalis o como fuera más conocida popularmente como Fuente de los Meones, por haber elegido su autor a una serie de niños humildes de los alrededores). La fuente estaría rodeada por elementos de la Agricultura, la Industria y el Comercio. Gustaba el proyecto por lo que se decidió sublimarlo con el remate de una "Diosa", y fue así como
Brackembury le pidió a Trini posara para él al objeto de que fuera ella, y de la que estaba enamorado, la que representara el final de aquella obra. Así fue y así la podemos observar en la Puerta de Jerez, en Sevilla.
"El Tango en París", y que realiza junto a Carlos Gardel. Un Carlos Gardel que, aunque manifiesta que jamás confesó en público ningún amor, porque darle su amor a una sería ofender a las demás, si se veía, al decir de muchos, que de quien estaba verdaderamente enamorado era de Trini Ramos. En 1965, y tras la muerte del único hijo de Trini y Jack, debido a una enfermedad pulmonar, sus padres deciden marcharse de Triana y trasladarse a New York. Cuatro años más tarde fallece su marido Jack Sodwsky, quedando Trini al frente del negocio. Trini Ramos fallecería en su casa de la Quinta Avenida en Mayo de 1985.

ninguna cofradía sale de debajo de unas lonas por muy grande que sea el paso...estos salen del interior de los templos en dificil equilibrio con la construcción, echando los costaleros rodillas en tierra si es necesario, para evitar golpear a las imágenes en en dintel de las puertas de los templos.
es la iglesia parroquial más antigua de Sevilla, datando del siglo XIII. Alfonso X ordenó el comienzo de los trabajos de construcción en 1276. Estos concluyeron a principios del siglo XIV. Es de estilo gótico-cisterciense aunque sus ladrillos, como material de construcción, les da un toque mudejar. La Iglesia de Santa Ana sufrió varias reformas, la más importante la que se efectuó después del terremoto de Lisboa en 1755.